Porque es necesario. Así de simple.
Constantemente hablamos sobre nuestros padecimientos físicos. «Me duele la cabeza», «creo que me va a dar gripa», «tengo un dolor en la espalda»… Y la gente con frecuencia contesta: «Tómate esta pastilla», «recuéstate un rato», «no vayas a trabajar», entre otros muchos útiles y comprensivos consejos. Todo es muy normal, todo es muy aceptado. Pero, ¿qué pasa cuando despiertas cada mañana y no tienes las fuerzas (tanto físicas como mentales) para salir de la cama? ¿Qué pasa cuando la tristeza no es pasajera y se vuelve parte de tu medio ambiente? ¿Hay alguien que escuche lo que sentimos sin incomodarse?
Si llegas un día a tu trabajo y le dices a tu jefe que no puedes trabajar el día de hoy pues tu depresión te está haciendo pasar un pésimo día, es probable que te mire de manera extraña, que no sepa actuar o, pero aún, que te despida. Los pensamientos que seguramente tendría al respecto irían desde un «esta persona no puede soportar la presión del trabajo», «es débil», «tiene problemas fuertísimos» o «no tiene madera para estar aquí». Y así de fácil y sencillo será etiquetarte, juzgarte y hacerte sentir más solo que nunca.
¿Por qué no hablamos de la salud mental? Escondemos la cabeza, la enterramos en la tierra como avestruces. «Mejor guárdate tus pensamientos negativos y deprimentes para ti mismo», es algo que he escuchado muchísimas veces a lo largo de mi vida. «A nadie le gusta una persona deprimida» No, pero nadie habla del tema ni de cómo ayudar tampoco. Pareciera que estamos perdidos, náufragos en nuestra propia isla negra. Condenados a pasar la eternidad siendo incomprendidos teniendo que ponernos una máscara día a día ante nuestros amigos, colegas, familiares…
No hablamos de cómo nos sentimos y mucho menos pedimos ayuda cuando el barco se está hundiendo. No aceptamos ir al psicólogo, nos aterra que nos manden al psiquiatra. No podemos contar con nadie para decirle que, una vez más, estás sumergido en un ataque de pánico y necesitas salir del lugar. Nadie te brinda una mano para acompañarte durante tu episodio, nadie sabe cómo lidiar con esto.
Y es entendible. ¿Cómo vamos a saber manejar algo que nunca nos enseñaron? ¿Algo de lo que nunca nadie nos habló?
El tema de las enfermedades mentales es el elefante en la habitación. Un elefante tan grande que a veces quita todo el oxígeno disponible para nosotros mismos.
Por eso se debe hablar de salud mental. Por eso debemos contar nuestras experiencias, apoyarnos en el otro, vernos reflejados en él. Saber que hay alguien allá afuera pasando por cosas parecidas a las tuyas ayuda a sentirse un poco mejor. Reconocerse en las experiencias del otro nos ayuda a conocernos más a nosotros mismos. Y ahí está la clave. Conocer sobre nuestra enfermedad mental, trastorno, desorden, condición; nos ayudará a entendernos mejor y, tal vez, encontrar una forma de vivir mejor con ello.
Cuando llega el punto en el que aquella presencia negra como una sombra parece no dejarte en paz, cuando sabes que hay algo en el cuarto contigo, todo el tiempo, sin dejarte descansar, quitándote el apetito, removiendo tus instintos; es cuando se vuelve necesaria esa educación que nos debieron haber dado desde que estábamos pequeños.
Entonces te digo a ti que me lees, que lo intentes. Este es tu espacio, un lugar donde puedes compartir tu experiencia y un lugar que, ojalá, se convierta en un sitio de apoyo para todo aquél que lidia con estas batallas diariamente.