Testimonio 019 – Tienes la mirada triste
Este texto fue enviado por Ana Banderas, amiga muy querida, actriz y mujer excepcional.

“Tienes la mirada triste”.
¿Soy o estoy triste? Para mí hablar sobre la tristeza es como hablar sobre respirar, he dejado de pelear con algo que me es tan natural. La tristeza es un continuo, es algo que opera sin descanso por debajo de la piel. Por épocas se vuelve abrumador, pero usualmente vivo, salgo de casa, tengo amistades, sonrío, lo paso lo mejor que puedo; todo convive con esa cama de tristeza que nunca se va. Tal vez por eso no deja de sorprenderme cuando la gente me dice “siempre te veo feliz”, “admiro que siempre estás de buenas”, “te ríes mucho”. Escucho esas frases con gratitud, pero también con extrañeza. Porque siento que no es la imagen completa.
“Siempre te veo feliz” – Y viene el recuerdo del 2017. 3pm. Yo inmóvil en el sillón del que no había podido levantarme en días, escuchando cómo mi mejor amigo cocinaba algo en mi casa para asegurarse de que comiera algo -y que siguiera viva-.
“Siempre estás de buenas” – 2019. 11 am. Yo en el consultorio de mi psiquiatra, llena de vergüenza y cansancio, rogando por algo que me hiciera dormir. Y no pensar. Y dormir y dormir…
“Te ríes mucho” – 2021. Madrugada. La tristeza me cortó las piernas en medio de la cocina.
Ambos lados -la risa y el desasosiego- son verdaderos, coexisten. Tengo que confesar, sin embargo, que cuando me siento más acertadamente vista es cuando de vez en cuando alguien me dice “Tienes la mirada triste”.
Y es que pensar en la tristeza extrañamente me reconforta, hay placer en la distancia que implica pensarla mientras no la habito en su forma más devastadora. Mi percepción sobre ella parece tener más calma que antes, pero también se ha vuelto un poco más matizada, con más espacio para la sutileza que existe entre tristeza y tristeza.
Tengo una fijación con la imagen del mar, de un cuerpo de agua imponente, vasto, casi un desierto. Yo estoy en el mar, soy un punto pequeño a la deriva. No sé cuándo llegó esta imagen, no sé cuándo comenzó a sentirse tan verdadera. Hay tiempos, como ahora, en los que ser yo en mitad del mar no me es angustioso, el mar está en calma y yo también. Me ha costado llegar aquí, es una lucha que no sabía que estaba haciendo, pero me alegra.
¿Soy o estoy triste? ¿El estar continuamente no indica que simplemente se es? Ser o estar. Hablo sólo por mí, pero creo que en la elección del verbo puede estar la aceptación, la posibilidad de la no-angustia, un poco de consuelo. Consuelo, qué palabra.
Al hablar sobre la tristeza -o sobre cualquier otro estado anímico-, pienso que estar es un verbo transitorio, un lugar del que se entra y se sale, a veces es prolongado, a veces rápido, pero es fluctuante y reactivo al mundo exterior e interior. Ser me sabe a que los bloques fundacionales están hechos de ese algo. Uno o mil, pero es parte del armado de átomos que soy yo.
Así siento la tristeza, como si la imagen del mar la llevase por dentro. Desde que tengo memoria tengo un dejo de tristeza. La tristeza de fondo. Por un momento al escribir esto dudé. Tal vez la palabra, lo siempre presente, sea melancolía. Es una melancolía no reactiva, no la detona nada, simplemente es. Hay periodos en los que se intensifica, ya no es simplemente melancolía, se torna en desasosiego, dolor profundo, el mar se vuelve tempestuoso y ahoga y tortura. Luego vuelve la calma, pero está siempre presente.
Vuelvo entonces, ¿si siempre se está, no simplemente es? Las demás emociones las vivo transitorias y me viene bien. Pero el mar lo llevo por dentro. Pensar así mi tristeza me regala la calma que trae la aceptación. Diagnóstico. Patología. Naturaleza. Si se es, ¿por qué pelear con ello? Y quiero puntualizar que la aceptación para mí no implica lo mismo que la derrota. En la aceptación está también la búsqueda de ayuda cuando es necesario, la medicina, la terapia, los amigos que amorosamente se aseguran de que coma. La aceptación es simplemente dejar de pelear con algo que siento mío.
No debes estar triste, dicen. Si la tristeza es algo a combatir y yo pienso en términos de estartriste, se vuelve una batalla cansina e inútil, me viene la frustración que acompaña a las metas imposibles. Porque la melancolía y el mar son constantes.
Si pienso que soy, y no que estoy, puedo ver esta melancolía, este mar, incluso con afecto. Porque es parte de mí. Y bienvenidos los demás estados del alma, pero me reconozco parcial a la tristeza. Aunque a veces la mirada ajena y el juicio y la vergüenza se me cuelen, quiero seguir viéndola/me con generosidad. Con compasión.
Porque siendo honesta, la tristeza me ha regalado también la capacidad de la introspección. Cuando no me ahoga, me ha regalado el silencio, la pausa, para observar. El mundo me parece un torbellino frenético, un lugar sin espacio para la sutileza, para las pequeñas cosas, para la belleza en lo delicado, en lo tenue. Siento que la tristeza me ha regalado un cambio de ritmo que me permite apreciar todo esto en ocasiones. Hay crudeza y vulnerabilidad en la melancolía. Y me gusta conectar con ello. No sé si atribuírselo a la melancolía, pero pienso que la empatía que tengo, poca o mucha, es producto tal vez de este ritmo lento y pausado que provoca.
Pienso que al estar en un mar a la deriva, reconocer los momentos de belleza se vuelve un triunfo en sí mismo. Supongo que por eso también vivo cazando la sensación de conmoverme. Le da otra dimensión a los pequeños actos de compasión, de generosidad, de amor, de conexión. Un encuentro en medio del mar es un milagro.
Ser o estar para mí es muy distinto,
por ahora me regalo el verbo Ser.
Por ahora cuando alguien me dice “Tienes la mirada triste”, sonrío.
Un encuentro.
