La Salud Mental en Adolescentes – una mirada desde la perspectiva de un docente

La siguiente entrada, perteneciente a un docente, es a manera anónima. Como se los mencioné en el pasado, este sitio es un espacio para que todo aquél que esté interesado en discutir la salud mental participe. Es una mirada valiosa de parte de un maestro que nos invita a reflexionar.

No soy ningún experto psicólogo, ni tengo todas las herramientas que una formación académica te pueden brindar para atender a personas con enfermedades mentales. Sin embargo, he sido profesor por 10 años, 5 de los cuáles han sido con adolescentes de entre 15 y 18 años, y he experimentado de cerca muchos casos de enfermedades mentales en adolescentes.

Como todo lo que carga consigo un prejuicio social, las enfermedades mentales son difíciles de diagnosticar y manejar profesionalmente por el miedo a ser etiquetado por una sociedad poco comprensiva y poco incluyente de las diferencias. Al tratar con adolescentes que las padecen, la dificultad incrementa por varios factores, entre los que están la influencia de sus círculos sociales, el apoyo o falta de él por parte de sus padres y la presión de un sistema educativo diseñado para explotar durante horas a un ser humano. Respecto a este último, hay algunas cosas que decir.

Desafortunadamente, en el ITESM, han habido varios casos de intentos de suicidio, algunos dentro de las instalaciones, y algunos exitosos. Yo dí seguimiento a algunos de los afectados desde antes de sus intentos, y aún pienso que la manera en que la institución manejó los casos no fue óptima. Entre otras cosas, creo que fue así porque se sigue pensando que aceptar que las enfermedades mentales se padecen es aceptar una debilidad y no una condición médica. Pareciera que las instituciones educativas deciden transformar a sus alumnos reales en estadísticas que no sienten, no piensan, y no sufren. El último caso, acontecido hace una semana, fue completamente ignorado y escondido por las autoridades del Tec.

Se ha intentado, de manera superficial y poco inteligente, de brindarle a los alumnos herramientas para el buen manejo emocional de sus vidas. Se ha intentado implementar un sistema aprobado por la Universidad de Yale, llamado RULER, a los alumnos de la escuela. Pero se intenta brindar de modo extra, sin darle la seriedad ni el valor que debería tener, y eso ocasiona que el prejuicio respecto a las enfermedades mentales se propague aún más, y se vuelve aún más difícil aceptar y reconocer que se puede tener una enfermedad mental.

Y es que la realidad que vivimos es diferente a la realidad de una escuela o un centro educativo. Particularmente la adolescencia representa el cambio de la seguridad de la familia al caos de la vida real. En ningún otro momento de nuestras vidas nos enfrentamos por primera vez a uno o varios grupos sociales, que pueden mejorar o arruinar tu experiencia de vida con actos tan sencillos como darte los buenos días, o burlarse de tu atuendo. Hay quien dice que las generaciones más recientes son “de cristal”, o que “no aguantan las presiones de otras generaciones.” Pero se equivocan. Nunca antes habían existido tantas causas para desarrollar enfermedades mentales. 

Los medios bombardean millones de noticias sensibles todos los días, la seguridad ecológica de la que gozaron las generaciones previas a la X ya no está garantizada, y las fotos, actos y desgracias del día a día pueden ser viralizados en cuestión de segundos por un dispositivo que cabe en la bolsa del pantalón. Los adolescentes de ahora, aunados a que son educados por generaciones más grandes y por tanto más ignorantes del mundo actual, la tienen más difícil que nunca para poder desarrollarse de manera emocionalmente estable y mentalmente saludable.

Esto lo planteo con dos intenciones: primero, mostrar que las enfermedades mentales en adolescentes son reales, aceptables y comprensibles. ¿Existe un mejor momento para descubrirnos, con todos nuestros defectos y fortalezas, que en un buen entorno educativo? Porque en un mundo ideal, esto pasaría todos los días. Imaginemos una escuela donde en lugar de marcar a las personas como “ñoñas” o como “malos estudiantes”, ambos términos sumamente ambiguos y generales, y a veces hasta dañinos emocionalmente, pudiéramos marcarlos como “Excelentes para la discusión”, o “Excelentes para las artes plásticas”. 

Si podemos imaginarnos un mundo donde se deja de calificar la calidad de las personas con un número, tan insignificante como la tinta con la que se pinta, también podemos imaginarnos un mundo donde se deja de calificar el valor de una persona con su condición mental particular. Mientras sigamos perpetuando la idea de que una calificación determina el valor de una persona, o de que hay un estado de normalidad al que se puede pertenecer o no, seguiremos perpetuando las enfermedades mentales como estigmas sociales que es mejor ignorar.

Segundo, te invito amigo lector, a que reflexiones sobre las actitudes que puedes propagar y fomentar sin tener conciencia de ello. Uno no es responsable de lo que los demás entiendan, pero sí de lo que uno dice. Eso quiere decir que hay que ser conscientes del impacto que pueden causar nuestras palabras y nuestros actos. No es necesario catalogar a las personas por sus necesidades emocionales, ni por sus condiciones mentales. Es más sencillo estar dispuestos a compartir experiencias del mundo (la ajena y la propia) de manera libre, clara y objetiva, sin pretender imponer una como “mejor” o “normal”. 

Por último, los dejo con un viejo refrán chino. “El mejor momento para plantar un árbol, fue hace 30 años. El segundo mejor momento, es ahora.”

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