Testimonio 004: Bullying escolar, cuando se gradúa al entorno laboral

Esta entrada fue escrita por la doctora Tania Vargas, cuenta su experiencia personal con el bullying laboral y escolar y las repercusiones de éstos en la salud mental.

Lo recuerdo bien. “El punto sobre la i es pequeño, no un puntote, Tania María” Así me reprendía la peor maestra que tuve en preescolar en donde se supone que aún ni siquiera debía saber escribir. Pero lo peor no fue la humillación. Lo peor fue, para mi mente de 5 años, la ansiedad que se generó al ser reprendida de tal manera y al escuchar la risa de los compañeros de clase. 

Diversos incidentes de la misma índole conllevaron un cambio de colegio. Ahí, pensé, no habría más problemas de esos. La directora gentil y paciente me recibió en su oficina para darme la bienvenida. Los años ahí en verdad se han mezclado unos con otros, pero hay algo que recuerdo con la facilidad que recuerdo la tabla del 1. Mi maestra de tercero de primaria burlándose porque “Ya estás grande, Tania María. No puedo creer que hables como bebé todavía.” Como si mi timbre de voz, algo dictado enteramente por la biología, fuera mi culpa. Aparte de la humillación y la ansiedad recuerdo bien las amenazas. “Si sigues así, te voy a dejar más planas.” No se si lo decía de broma, pero no me interesa. Solo recuerdo haberme sentido fatal. 

Hasta este momento mis compañeros no formaban parte de esa ansiedad y humillación que a veces relacionaba con la escuela. Después llegó la secundaria y eso cambió. Estaba yo sola en un salón nuevo lleno de gente nueva en un entorno nuevo. “Por qué traes ese reloj.” Un regalo de mi abuela. “No encuentro tu guía de matemáticas.” La tuve que repetir completa después de haberla prestado al final del año escolar cuando solo la habían escondido. 

Estas solo son instancias que me provocaron ansiedad al punto que están grabadas en mi mente tantos años después. Por no decir las que causaron en mi un sentimiento de humillación tan intenso que a veces me hacían no querer volver a la escuela. No es menester recordar ni los eventos ni los autores de los mismos. Aunque en mi mente estén tan frescos como si hubieran pasado ayer. 

Afortunadamente, la universidad representó un descanso de esas cosas. Creo que un entorno de personas que, a largo plazo, están comprometidos con una decisión similar facilita la convivencia en otros niveles. Desafortunadamente, el trastorno de ansiedad generalizada estaba diagnosticado y en tratamiento para este momento. En general me invadía todo el tiempo un sentimiento de no encajar, de no pertenecer. Siempre sintiéndome sola, a pesar de tener muy buenos amigos. Procesar este sentimiento es un trabajo arduo y constante que no siempre logro atenuar del todo aún ahora. 

Entender que todos estos eventos y estas situaciones tenían un nombre no fue sencillo. Bullying escolar. Las estadísticas y el conocimiento no sirvieron para catalogarlo como tal llevando a la normalización de una conducta que era todo menos eso, todo menos normal. Una plática con mi madre y mi hermana me hizo darme cuenta de ello. Una tarde mientras comíamos les dije: “Es que yo tenía todo para que me molestaran. Era una ñoña, sin muchos amigos y me veía como me veía. La trifecta perfecta.” Mi madre, la eterna mariposa social, no lo podía entender. Tampoco mi hermana quien, como la menor de las dos, ha tenido siempre una imagen idealizada de mí. 

El problema con el bullying en el entorno que sea es que es devastador en sí mismo. Pero lo es aún más cuando la víctima es una persona que sufre problemas de salud mental. En este caso, todo se magnifica al 1000%. En mi entorno laboral actual, el de un profesional de la salud en formación o como es conocido de manera coloquial; un residente, cualquier sentimiento de decepción, falla, desesperanza significa la derrota total. Y en un fenómeno extraño, aquellos puntos positivos se vuelven algo insignificante y anticlimático. Después de todo se trata de lo mínimo que deberías estar haciendo por tu vocación y tus pacientes. El ambiente en la medicina y su enseñanza actual baraja las cartas en contra de los más jóvenes que apenas iniciamos en este camino exacerbando lo sufrido previamente, agregando piedras metafóricas y obstáculos que a veces parecen infranqueables como el ampliamente comentado Síndrome de Burnout. En mi caso, culminó en un ataque de pánico en plena guardia a las 2 de la mañana sin encontrar una sola persona a quien voltear y pedirle ayuda. Los incidentes precipitantes y que quedan grabados en mi mente tampoco vale la pena mencionarlos.

En 2015, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) publicó un Protocolo de actuación en situaciones de bullying en conjunto con el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica en el que definen acertadamente a este fenómeno como una forma de violencia entre pares que ocurre predominantemente en un ambiente educativo. Involucra actitudes y comportamientos repetidos y abusivos con el fin claro e indiscutible de causar daño. Para este efecto, reconocen que sucede también en entornos laborales y que para ello deben cumplirse las siguientes condiciones: ser intencional, existir en el contexto de una relación desigual, ser repetido y ocurrir en una relación de pares. 

De manera sistemática, los esfuerzos para atacar estos problemas se han enfocado únicamente en los organismos educativos dejando un poco de lado la influencia enorme que puede ejercer el sector de la salud. Sobre todo, al reconocer los riesgos a la salud ligados al bullying a lo largo de la vida del individuo. 

En un estudio que involucró a 40 países en vías de desarrollo muestra un promedio de 42% de niños y 37% de niñas expuestas a este fenómeno. Existe evidencia creciente de que las personas involucradas ya sea como observadores, víctimas o perpetradores pueden sufrir un rango característicamente amplio de comorbilidades, sobre todo en el ámbito psiquiátrico, y que las consecuencias de dicho fenómeno se extienden bien hacia la adultez. De ahí, que el entorno escolar puede equiparar el entorno laboral en donde los empleados y empleadores en potencia desarrollan habilidades y aptitudes que ejercerán en el futuro. 

El panorama laboral actual valora de manera especial el costo-efectividad y la alta productividad. Sin embargo, la exponencial tasa de cambio aunada a un ambiente que no valora de manera integral a sus trabajadores incluyendo su bienestar mental ha degenerado en diversos problemas. De ahí que la pérdida de productividad que resulta de las dos morbilidades de salud mental más frecuentes, ansiedad y depresión, se valúa en rangos millonarios. 

Se han puesto en marcha muchos esfuerzos para conducir las políticas hacia una inclusión de estos aspectos. El Foro Económico Mundial ha agrupado diversos expertos para crear un plan de siete pasos hacia una cultura organizacional mentalmente sana. Sin embargo, la OMS ha intervenido para tratar de asegurar que las intervenciones estén basadas en la mejor evidencia científica posible. De ahí que en 2019 se ha propuesto la creación de una guía sobre salud mental en el entorno laboral. 

Esta respuesta de la OMS se ancla en su Plan Mundial de Acción sobre la Salud de los trabajadores 2008-2017 y en el Plan de Acción sobre Salud Mental 2013-2030 que tiene como objetivos los determinantes sociales de la salud mental, actividades de prevención y promoción y aumentar el acceso a la atención basada en evidencia científica. La evidencia existe, el problema existe. Ahora toca el turno a los empleadores y a los centros laborales para lograr un cambio significativo. 

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