Entender la depresión es difícil tanto para el que la sufre, como para el que mira a alguien cercano padecerla. No es fácil encararla, comprenderla, meternos entre su piel para conocerla a profundidad y así poder desentrañarla y darle una solución. Años de terapia son requeridos para poder sanar, batallas diarias con la mente de uno mismo, prueba y error, mucho trabajo personal.
Muchas veces, en nuestras ganas de apoyar a quien está pasando por un episodio depresivo o a aquél que está sufriendo de un ataque de ansiedad, podemos recurrir a comentarios o sitios comunes que al final del día perjudican más que ayudar.
¿A qué se debe esto? Fácil, a que no sabemos (porque nunca nadie nos explicó) cómo manejar la tristeza ajena, por lo tanto nos incomoda. Nadie nos educó para tratar la salud mental como algo importante, para comprender las emociones de manera más inteligente. Es cierto que difícilmente podemos meternos en la mente del otro y cambiar su forma de pensar y de percibir la vida, pero sí podemos llevar a cabo ciertas acciones que ayuden a la persona deprimida a sentirse un poco mejor, sobre todo si acuden a ti para sentirse reconfortados.
Voy a hablar desde mi experiencia, como en todos los textos de este blog que son escritos por mí.
Explicar mi ansiedad, ataques de pánico y depresión nunca ha sido fácil. Con el tiempo lo he dominado mejor y me he abierto al punto de hacerlo público para tratar de ayudar a otras personas. Sin embargo, al principio resultaba imposible articular mis sentimientos. Formar una oración que pudiese explicar lo que estaba sintiendo y por qué lo estaba sintiendo, me parecía completamente irrealizable. Obviamente, al inicio de mi proceso terapéutico, e incluso antes, cuando no sabía ni qué me estaba pasando, mantenía oculta la verdad y no dejaba que nadie supiera que sufría de depresión y ansiedad (en parte porque ni siquiera yo misma sabía lo que padecía). Ocultar mis sentimientos de tristeza, las ganas de llorar que se amontonaban en mi garganta, el dolor hueco que sentía en el pecho, el nerviosismo, la falta de aire, el temblor en las manos; era más sencillo que pasar por el engorroso trámite de explicar a los demás cómo me estaba sintiendo.
Cuando comencé a darle sentido a lo que sufría y a encarar las razones de mi depresión, decidí que era momento de compartirlo con las personas más cercanas a mí. Las respuestas fueron mutando, pues en un principio recibí el famoso «échale ganas» de parte de todos. Como si fuese algo que yo eligiera conscientemente. Como si sentirme deprimida y llorar durante horas fuera una elección que yo hacía.
La depresión no es una elección. Tener una crisis depresiva no es como escoger la ropa que te vas a poner el día de hoy o el color de tus zapatos. No es como escoger el sabor de tu helado o la película que quieres ver en el cine.
Sufrir de depresión es estar enfermo y como es una enfermedad se debe tratar con la misma seriedad y respeto que se le trata a todas las demás enfermedades físicas del cuerpo. No creo que nadie le diría a un enfermo de cáncer que aprenda a ver la vida de forma más positiva y con eso se le va a quitar la enfermedad, o que simplemente deje de pensar en lo que le obsesiona y le hace sentir mal.
Una persona con ataques de ansiedad constantes y depresión suele enfocarse mucho en los pequeños detalles. Los pensamientos obsesivos se vuelven parte de nuestro día a día y ya ni hablar de las inseguridades que brotan cual cascada cuando nos sentimos mal. Por eso, expresarnos de manera adecuada se vuelve muy complicado, además de que muchas veces, cuando estás en plena crisis, no tienes ganas de hablar y ponerte a explicar con peras y manzanas las razones de tu sentir.
Por mi parte, hablarlo con mi novio fue uno de los pasos más difíciles, pues no sabía cómo iba a reaccionar. ¿Se hartará de mí? ¿Me dejará porque estoy dañada? Ese tipo de pensamientos tenía. Era un miedo desproporcionado porque sentía que la imagen que él tenía de mí se iba a ir al caño al mostrarle todas las heridas internas que tenía.
Pero se quedó a mi lado y con el tiempo y junto a mí ha ido aprendiendo sobre mi distimia, mi trastorno de ansiedad generalizada y mis ataques de pánico. Se ha vuelto más comprensivo, empático y sabe cómo estar para mí cuando lo necesito más. Aunque sigue sin entender muchas de las cosas por las que atraviesa mi mente y sigue sin saber lo que se siente la depresión y la ansiedad generalizada, ha dejado a un lado aquellos sitios comunes que sabe bien no son de mucha ayuda para llevar mi padecimiento.
Así que, para ampliar un poco el panorama, aquí hay una lista de las cosas que no le deberíamos decir a una persona con ansiedad y depresión:
- «Sólo mira el lado positivo de la vida»
- «¿Por qué no te pones a hacer ejercicio y así sacas la ansiedad?»
- «Hay gente que tiene peores problemas que tú»
- «Elige sentirte bien, es importante elegir ser felices»
- «Sal y distráete un rato»
- «Échale ganas y recupérate, sólo depende de ti»
- «Es tan fácil como relajarte y ya, no te tomes la vida tan en serio»
Estas frases, aunque dichas con la mejor intención posible, pueden llegar a ser muy perjudiciales porque nos hacen sentir culpables por estar deprimidos. Y sentir culpa por algo en lo que no tienes control es tortuoso. Si de por sí te enfrentas a los problemas propios de tu padecimiento, le sumas mayor angustia y ansiedad por no mostrarte feliz y positivo todo el tiempo, por dar a notar que tal vez no te estás esforzando lo suficiente como para salir de ésta. Y es que la depresión no se quita sólo teniendo happy thoughts.
La depresión ataca de distintas maneras, pero frecuentemente se presenta como una pesadez que nos impide hacer las cosas más simples con facilidad y a veces, como persona depresiva, el pensar en todo el esfuerzo que tenemos que hacer resulta abrumador.
Entonces, ¿qué SÍ puedo hacer?
En primer lugar es importante que comprendas que la depresión y la ansiedad de una persona no se trata de ti. Cuando está deprimida, sin ganas de pararse de la cama, cuando llora por horas, cuando se siente sola, cuando no pueda hablar porque se siente muy mal es importante reconocer que tú no eres el centro de estos sentimientos, por lo que no debes tomarte personal lo que está sintiendo. Si en ese momento no hallamos las palabras para expresar lo que sentimos, no presiones, no te enojes, dale tiempo y espacio. Estar en medio de una crisis, para mí, es como tener la mente nublada. Es como no poder ver bien, no poder ver con claridad. Y cuando estamos así lo menos que queremos hacer es ponernos a explicar las complejidades de nuestro pensamiento y sentimiento.
Dejar que la gente experimente su tristeza sin ponerle trabas es de suma importancia. Hacerle sentir que está en un lugar seguro donde se puede desahogar la ayudará mucho. Comprender que estando ahí, para esa persona, aunque sea sosteniendo su mano mientras pasa el ataque de ansiedad puede ser más que suficiente. A veces el silencio dice más que todas las palabras del mundo, a veces el acompañamiento reconforta más que cualquier otra cosa. Lo importante es no presionar y no imponer nuestras ideas sobre lo que es «la felicidad» a aquellos que tienen un obstáculo tan grande como es la depresión por sortear.
¿Cómo saber cuándo hablar y cuándo callar? Simple, abre la comunicación. Siéntate a platicar con esa persona que se acercó a ti para desahogarse y pregúntale de qué manera puedes ayudarle. Investiga, lee, documéntate sobre su padecimiento para poder empatizar mejor con ella. Y tenle mucha paciencia.
Aquí te dejo algunas frases que SÍ pueden ser de mucha ayuda:
- «¿Qué puedo hacer para ayudarte?»
- «No estás solo»
- «Esta enfermedad no es tu culpa»
- «Estoy para apoyarte en lo que necesites»
- «Eres importante para mí»
- «Sé que estás sufriendo y no te voy a dejar»
Y sobre todo, expresarle todo el amor que le tienes ayudará mucho.
Espero les sirva esta entrada y recuerden: NO ESTÁN SOLOS EN ESTA BATALLA DIARIA.