Esto es una pequeña reflexión a título personal acerca de este sentimiento. – Roxana
El eterno para qué, el interrogante. ¿Alguien tiene acaso la respuesta?
Cuando hablamos de desesperanza creo que hablamos de manera puramente existencial. Va ligada directamente a las ganas de vivir, a guardar una ilusión, si acaso impoluta, del porvenir. Cuando hay esperanza hay una visión positiva sobre la vida, sobre nuestra existencia y el propósito de ésta. Cuando llega la desesperanza, existe entonces un hueco, un vacío que todo lo llena.
La desesperanza se siente como un hoyo cerca del pecho, apunta al estómago y nubla la cabeza. Me he familiarizado con ella, aunque cada vez que llega trato de impedirle que se quede por mucho tiempo a vivir conmigo, pues como todos sabemos, es peligrosa.
A veces me pregunto, sin embargo, si no es ésta necesaria en algunos momentos de nuestra vida, sobre todo para generar un cambio.
Hasta que no te has sentado después de sentir que lo has perdido todo, hasta que no te has mirado al espejo para ver solo una mancha borrosa, hasta ese preciso momento en el que sientes que algo dentro de ti está roto; es cuando más necesitas ponerte a buscar una respuesta.
Sé que representa un peligro cuando llega, pues estás caminando por la delgada línea de una depresión profunda, esa de la cual no quieres ni recordar su existencia. La desesperanza es camino directo a la depresión, y a veces, desgraciadamente, hacia el suicidio. Porque, ¿qué nos queda cuando ya no le encontramos el sentido a vivir? Como yo lo veo, hay dos opciones: irte más para abajo, o tratar de darle ese sentido a tu vida que tanto piensas que está perdido.
La desesperanza entonces, nutre a la depresión como a un cachorro hambriento. Es el perfecto platillo para sus necesidades. Además de ésta, la desesperación y la angustia entran en la partida, arrasando con la cordura. Caer en sus garras es perderse a sí mismo un poquito más con cada día que pasa, con cada segundo que desperdiciamos dentro de esa cueva oscura y fría.
La sensación, falsa en su mayoría, de tener el control sobre las cosas que nos acontecen, sobre nuestras decisiones y nuestro destino, es lo que nos hace apegarnos a la esperanza. Llenamos nuestro mundo de planes, de idas y venidas, dimes y diretes, arribas y abajos, momentos oscuros y completamente claros, recuerdos nítidos y otros no tanto; todo con la intención de trascender, de atesorar, de que vienen tiempos mejores, de que la felicidad está al alcance de nuestras manos. Pero cuando la nada se hace presente -la cual está en realidad siempre ahí, atrás de nuestros pensamientos- el control parece ceder y nos encontramos en una espiral de desesperanza interminable. La desesperanza es entonces, entregarse por completo a la nada.
Es por esto que creo que la desesperanza viene para obligarnos a encontrarle sentido a la existencia. ¿No estamos todos acaso en ese punto? ¿No nos hemos encontrado todos pensando a las tres de la mañana cuál es nuestro propósito en la vida? Si bien la angustia es terrible, es lo que nos mueve a buscar la respuesta. Pequeñas dosis de desesperanza y angustia constituyen una existencia con mayor sentido, son útiles hasta cierto punto. Sólo pequeñas dosis, quiero decir.
No hay que perder de vista que la desesperanza no es un síntoma menor y es pertinente prestar atención cuando alguien se siente así. A pesar de que todos lleguemos a pasar por periodos de desesperanza, no es normal encontrarse perpetuamente asediado por ella.
La desesperanza se aborda entonces con paciencia, con un esfuerzo enorme disfrazado de trabajo mínimo, pequeños pasos, aprender a gatear de nuevo. Aprender a manejar nuestros miedos es un acto de rebeldía ante la vida, ante este sentimiento apabullante que nos puede saltar encima de pronto. Cuando vas para abajo, a veces sólo quieres seguir cayendo. Es peligroso encontrarse en ese punto, pero es tan común que les sorprendería a la mayoría saber que hay miles de personas que se llegan a sentir así en algún momento de sus vidas.
Por eso creo que hay que iniciar la conversación sobre todos estos sentimientos oscuros que nos pueden abordar. No únicamente sobre la depresión, uno de los monstruos más negros que existen. Sino también sobre la angustia, la desesperación, la desolación y la nostalgia. Son conceptos que debemos aprehender, diseccionar, comprender cómo funcionan, sólo así quizás podamos desbaratarlos para poder controlarlos.