
Esta entrada fue escrita por Adriana Zepeda Colorado, periodista desde hace más de 20 años, aprendiz de la vida, entusiasta del desarrollo humano y una de mis mentoras.
No hace mucho tiempo que esta frase se ha vuelto casi del dominio público. Dos o tres generaciones atrás era un concepto al que no se le daba mucha importancia. Hoy, hasta hay un día internacional destinado a hablar sobre el tema. Quizá últimamente nos hemos dado cuenta de lo importante que es visibilizar, ya no digamos la salud mental, sino la salud integral, la que incluye la mental, la física y la emocional o hasta espiritual.
En mi caso conocí el tema por allá del 2006 cuando era editora junior de la revista femenina Veintitantos, en ese entonces propuse una sección que se llamaba Salud Alternativa, era una sección que pronto empezó a evolucionar, gracias al buen recibimiento e interés de las lectoras pronto tuvimos que editar suplementos dedicados al tema y, con él, el de Salud Mental.
A la par que la sección fue creciendo sembró en mí una semilla que después me llevaría a mi propio proceso de autoconocimiento y de trabajo con mi salud mental; tener acceso a una gran cantidad de información al respecto me abrió el panorama para enfrentar mis propias crisis emocionales, fue en dicha sección que supe de las constelaciones familiares, herramienta clave en mi proceso personal.
Cuando las experimenté en mí ya habían pasado varios años desde que investigué sobre ellas. En esa época estaba atravesando una fuerte crisis existencial, me sentía cansada, estresada, en conflicto conmigo misma, incluso mi colitis nerviosa me estaba indicando que algo andaba mal con mis pensamientos, mi hacer y mi sentir. Caminando por la calle me crucé con un anuncio en la puerta de una casa que me llamó la atención: “Constelaciones familiares”, algo decía sobre las lealtades familiares que te “atan” a enfermedades, pérdidas, sufrimientos, carencia, etc., y yo quería liberarme de todo aquello que me estaba haciendo sentir mal. Reservé mi lugar. El día de la sesión comenté con la consteladora que había asistido para romper con mis supuestas lealtades familiares que me estaban haciendo sentir mal, pero, en cambio, en el primer momento de mi constelación, por primera vez, hice consciente que estaba profundamente enojada con las mujeres de mi sistema familiar y, por tanto, no podía integrar todo su amor y abundancia, de ahí el estado de mi salud mental. Ese día dio comienzo mi camino de regreso a casa, a conectar con las heridas de mi niña interior, a hacerme responsable por mi sentir y no dejar esa responsabilidad en los demás, a contactar con mi vulnerabilidad y a saber que en ella no había peligro, sino todo lo contrario, había luz, amor, empatía, confianza y compasión. Que ¿fue un proceso largo e incómodo?, sí, seguro. Pero lo volvería a vivir, porque hoy sé que por “salud mental”, es necesario hablar, visibilizar nuestras heridas y buscar ayuda, porque también aprendí que los tragos amargos es mejor tomarlos acompañada.
