Este testimonio sobre el camino hacia la salud mental fue escrito por Cami Aguilar, nueva amiga y amante del café que nos comparte su trayecto con la terapia y nos da palabras maravillosas que nos invitan a la reflexión.
Al comenzar a re-pensar mi vínculo con la terapia, me he dado cuenta que, probablemente relacionado con mi cultura argentina, el acompañamiento psicológico casi siempre ha tenido en mi vida esa presencia y ese lugar de validez, viabilidad y me animo a decir que hasta de necesidad, para sobrellevar la vida y el día a día.
La primera vez que me encontré con una psicóloga fue en mi adolescencia temprana. Mi madre atravesaba un cáncer que había llegado a irrumpir con todo lo que conocía hasta entonces, por lo que los profesionales de la salud y quienes estaban cerca de mi familia y de mí, lo recomendaron mucho.
Sin embargo, recuerdo con claridad el enojo y la frustración que sentí al cumplirse esos primeros y eternos 50 minutos y mi decisión contundente de no regresar.
Algunos pocos años después, el duelo por la pérdida física de mi madre se hizo presente con fuerza y entre mi padre y mi tía, se acercaron a contarme lo importante que creían un acompañamiento de una persona preparada para guiarme a sobrellevar y comprender ese mundo nuevo que se me presentaba y me retaba todos los días. Accedí y creo que pude sentir el alivio y la confianza que se estaba depositando en esa decisión: La posibilidad de mejoría y bienestar, se abrían paso en mi camino.
Y quizás, un poco (bastante) así fue. Dar ese paso me abrió la puerta a conocer cómo encontrar herramientas propias, nuevas y ya aprendidas, para ir afrontando las diversas situaciones que la vida ha tenido para mi.
Desde esos primeros años de acompañamiento con Marita, mi psicoterapeuta que me recibía en su consultorio pequeño y acogedor y me empezaba a preguntar cosas mientras me preparaba un café con leche para el frío… seguidos de las psicólogas que busqué cuando me mudé de ciudad y con las que no lograba conectar… hasta con el único terapeuta hombre que tuve (y volveré a tener) regañándome en esa primera y única consulta, creo que todxs en mayor o menor medida, me han ayudado a darme cuenta que no es necesario sobrellevar el peso de las cosas que nos suceden, solxs.
A los 22 años recién cumplidos llegué a México y la ausencia del dolor profundo que había experimentado años atrás y la presencia de la euforia y la adrenalina de las nuevas aventuras, me hicieron pensar que la terapia quizás ya no era necesaria.
Estuve varios años sin un acompañamiento psicológico como tal, y los transité con una estabilidad y una calma quizás hasta un poco necesarias.
Pero, al regreso de un viaje a Argentina donde sentí que varias fichas se movieron, sentí que mi salud mental me estaba pidiendo un lugar en mi rutina diaria, una vez más.
Al principio, la búsqueda fue algo difícil porque las corrientes psicológicas que se siguen en Argentina y en México difieren y yo no estaba segura de cómo realmente. Buenos Aires siempre había sido sinónimo de psicoanálisis. Estuve un corto período estudiando la carrera de psicología en la Universidad de Buenos Aires, por eso lo sabía y conocía bien… pero el psicoanálisis en México, era territorio totalmente desconocido. Aún así, por algunas recomendaciones, di con la Red de Psicoanalistas México y mediante una llamada telefónica conseguí una consulta con una terapeuta que estaba muy cerca de mi ubicación y sobre todo, con una cuota de sesión muy accesible para mi bolsillo. Así que, así fue como tomé el psicoanálisis en estas latitudes y con ello, un mundo de posibilidades se volvió a abrir.
Mi psicoanalista estuvo presente en mi rutina semanal por casi 2 años y afrontamos situaciones como la pandemia, la cuarentena, las sesiones por teléfono en vez del diván. Probablemente muchos de estos factores me hicieron comenzar un camino de autodescubrimiento de mis preferencias por el tipo de acompañamiento que quería y necesitaba recibir en ese momento.
A finales de 2020, tuve una pérdida muy grande y la llegada de ese nuevo duelo removió lo que quedaba de los anteriores y más. La carga del peso cayendo sobre mí se sintió muy pesado nuevamente y ahora, la ansiedad y la depresión se hicieron presentes como diagnóstico, por lo que necesité recurrir a otro tipo de acompañamiento médico por parte de un psiquiatra y antidepresivos que me brindaran lo que mi cerebro, mi cuerpo y mi yo completo, no estaban siendo capaces de procesar por sí solos.
De igual forma, comencé a sentir que mi cuerpo físico y mental estaban atendidos, pero había algo más que me hacía ruido. Mi mundo espiritual y energético, siempre bastante importantes para mí, estaban totalmente relegados.
Con ganas de un reencuentro con este lado mío, comencé a buscar algunos espacios que me ayudaran a re-encontrarme con ellas, y fue así como llegué a un espacio holístico llamado Sanarte Talleres que me brindó la posibilidad de tomar algunos talleres y pláticas que se acompañaban con círculos de mujeres, en su mayoría.
Este tipo de acompañamiento, me permitió volver a reconectar con algunas herramientas que hoy reconozco como mías y también me presentaron algunas nuevas muy sanadoras. Sin dudas, recorrer ese camino de la mano y con la guía y contención de mujeres, fue algo clave para que yo pueda sentirme segura de hacerlo de la forma en que lo hice.
Al tercer mes de comenzar con este tipo de acompañamiento holístico e integral, dejándome guiar por mi intuición, tomé la decisión de dejar los medicamentos antidepresivos gradualmente y con la guía de mi psiquiatra, y elegí confiar en todo el trabajo personal que estaba haciendo para volver a mí, como me gustaba decirle en ese entonces.
La necesidad de una terapia individual se hizo presente una vez más, pero esta vez de la mano de Flor, quien puso sobre la mesa un acompañamiento holístico e integral que incluía sesiones individuales, herbolaria ancestral, meditaciones y ceremonias de cacao, entre otras.
Fue un año y medio de hacerle lugar, registrar y conectar con mi cuerpo espiritual sin descuidar lo físico y lo mental. Un gran reto del que me he llevado grandes aprendizajes.
Al sentirme más conectada conmigo misma, comencé a tener curiosidad por la terapia feminista, o con perspectiva de género que venía escuchando hace un tiempo. Sabía que en Argentina estaba ganando presencia por el contexto social y hasta político, pero no estaba tan segura de cómo encontrarla por aquí.
Buscando algunas opciones, di con una red de psicólogas de diversas corrientes que han formado un colectivo para brindar este tipo de terapia a mujeres, incluyendo una beca económica que hace que además sea más accesible.
Fue así como comencé mi acompañamiento con mujeres psinfronteras hace ya más de un año. Jess es mi terapeuta y utiliza la terapia narrativa, la cual me ha parecido súper valiosa.
La terapia feminista me ha dado el espacio para poder ser yo misma, con una empatía conmigo y con un otrx que no había conocido ni experimentado en ningún otro tipo de terapia o corriente.
Siento que le ha hecho lugar a la incomodidad que muchas veces surge cuando hay una irrupción del patriarcado, el machismo y las violencias relacionadas, que probablemente no habían tenido lugar en ningún otro acompañamiento, y eso es algo que me hace caminar la vida un poco más liviana, porque me siento menos sola y más comprendida.
Llegando al final de esta recapitulación de mi vínculo con la terapia, con las similitudes y diferencias entre las que han atravesado mi vida, puedo ver que cada una de ellas ha tenido y cumplido una función, un sentido, un por y para qué. Y también me gusta pensar que todas forman parte de la mujer y la persona que soy hoy.
Este ha sido mi camino eligiendo y confiando en el acompañamiento de un otrx para atravesar la vida en sus altas y en sus bajas.
Confiando y eligiendo no cargar sola con el peso de la vida, que hoy entiendo es también mi forma de procurarme y cuidarme a mí misma.