Está reflexión sobre la salud mental fue compartida con nosotros por Mish (@mishcochito en Instagram).
No ha habido un momento exacto en el que “empecé a sanar”.
Hubo días en los que simplemente me costaba menos “existir”.
Al principio no eran pensamientos grandes, eran reacciones.
Cansancio que no se iba durmiendo.
Irritación sin causa clara.
Ganas de aislarme y al mismo tiempo, miedo a quedarme sola.
Me di cuenta de que algo no estaba bien cuando las emociones pequeñas empezaron a ser demasiado.
Cuando una conversación me dejaba agotada.
Cuando cualquier conflicto me desbordaba más de lo que quería admitir.
La terapia no llegó a mi vida como una solución.
Llegó como el lugar incómodo que no quería visitar pero que me ayudó a entender que “SENTIR” no es algo que se controla, sino que se aprende a sostener.
Que no todo se resuelve rápido. Que hay emociones que regresan aunque ya las hayas tenido e incluso “trabajado”.
Empecé a medir mi progreso de diferentes formas:
Como el día que no respondí desde el impulso.
O la primera vez que dije “hoy no puedo” sin justificarme.
O también el día que me fui a dormir triste pero en calma.
Hay hitos que no se celebran.
Llorar sin culparte.
Reconocer que estas cansadx antes de romperte.
Volver a terapia después de una semana difícil en lugar de abandonarla.
Las emociones siguen siendo intensas.
De hecho, la mayor parte de mi tiempo llegan sin permiso y se quedan más de lo que quisiera.
La diferencia es que ya no peleo con ellas como antes solía hacerlo.
Ahora trato de escucharme, hablar conmigo e incomodarme con lo que siento.
Mi salud mental no se ve como estabilidad constante.
Me he permitido vivir en el área gris que tanto me asusta y sobre todo sin exigir claridad inmediata.
No siempre me siento bien pero ya no me pierdo intentando aparentarlo.
Hoy me pregunto seguido quién sería si nunca hubiera aprendido a cuidar de mi salud mental.
No desde el miedo, sino desde la honestidad.
Probablemente seguiría funcionando, pero no habitándome.
Probablemente seguiría explicando mis reacciones en lugar de escuchar lo que las provoca.
Cuidar mi salud mental no me volvió una persona tranquila todo el tiempo, solo me ha vuelto más consciente. Más responsable de cómo siento y de cómo respondo.
Más capaz de detenerme antes de hacerme daño a mi o a otros.
He aprendido que las emociones no son el problema. El problema es crecer creyendo que sentir está mal, que exagerar es llorar, que aguantar es madurar.
Cuando no se nos enseña a nombrar lo que sentimos, lo terminamos actuando.
En el cuerpo, en las relaciones, en la forma en la que nos tratamos.
A veces pienso qué distinto sería todo si desde niñxs nos hubieran enseñado que está bien sentir.
Que el enojo no es peligroso, la tristeza no es debilidad, el miedo no es falla.
Que poner atención a las emociones es una forma de cuidado, no de fragilidad.
Criar desde la compasión -hacia otros y hacia unx mismx- cambia destinos.
Las personas que saben escucharse lastiman menos.
Las personas que no tienen que esconder lo que sienten, no explotan después.
Personas que aprenden a cuidarse, también aprenden a cuidar.
Hoy no busco estar bien todo el tiempo.
Busco estar presente.
Y entender que la salud mental es la base desde la que se vive todo lo demás.
Sentir no nos rompió. No saber qué hacer con lo que sentíamos, sí.
Cuidar mi salud mental ha sido no abandonarme cuando más me necesito.