Testimonio 008 – La confusión y el desconcierto

Este testimonio fue enviado por Ismael desde Uruguay, quien lucha contra la distimia desde su adolescencia.

Y tenía que volver y volvió, era de prever, siempre vuelve, majestuosa, con la cabeza en alto como queriendo decir: aquí la que mando soy yo. Es así, tengo que agachar la cabeza, dejarla entrar, no con el mayor gusto por supuesto, pero dejarla entrar, está ahí, oronda, elegante, alta e impetuosa haciéndose ver una vez más en mi vida y en mis emociones. Algunos la llaman la nube negra, otros el perro negro, yo podría decirle simplemente: depresión, algo ya tan natural para mí que la conozco como si la hubiera parido diría mi madre. Entra ya sin permiso, sabe que tiene el pase libre, que no le pongo barreras y que cuando ella quiere, aparece y hace de las suyas, tiene un gran poder sobre mí, ya que cuando llega mis armas no son suficientes para combatirla, parece que ni la dañaran, toda mi artillería parece de utilería ante ella. Cumple su cometido por unos días, y luego se retira sigilosamente, como si nada hubiera pasado, no todo el mundo se da cuenta de su presencia, solo yo a no ser que comente en palabras que no me siento bien, que tengo visitas nuevamente y que le tengo que hacer sala.

Su gran estrategia y sigilo me dejan impotente ante sus embates, su poderío se demasiado grande para poder combatirla con mis armas, necesito ayuda, mucha ayuda en esos momentos, pero es difícil encontrarla, mi entorno le cuesta hacerlo, no está acostumbrado a luchar contra un enemigo invisible y poderoso que solo lo ve una persona. No sienten los disparos directos al corazón que le dan, solo perciben muy sutilmente la atmosfera, los muy atentos y detallistas, sino casi que la guerra pasa desapercibida para ellos. Más que una guerra, es un combate entre pugilistas, soy yo contra ella, es ella contra mí, los demás están por fuera del ring, pueden presenciar la pelea, pueden apostar si quieren, pero no pueden intervenir, a los sumo puntuar quien gana el round. Pero somos solamente nosotros dos, los que estamos en la contienda, cada cual con sus armas, cada cual con su preparación, cada cual con con su experiencia los que decidirán al final quien es el ganador. 

No es sencillo luchar contra un enemigo invisible, no ves venir los golpes, cuando quieres acordar ya te dio un directo a la mandíbula que te tambalea lo suficiente para caer en mil pedazos a la lona. Igual, los años de estar en esta lucha te dan herramientas para resistir, para aguantar hasta el final, para evitar el knoc out , sabes que son solamente 12 rounds, que tienes un descanso entre cada uno y que al final la pelea termina sí o sí, pero hay que pelearla, hasta el final, el sufrimiento es lacerante, te duele todo, el alma, las emociones, los sentimientos, te saca hasta las ganas de comer y sonreír , sus puños son demasiados fuertes para evitarlos. Como ya dijimos son invisibles y luchar frente a un contendiente invisible es muy difícil, yo diría hasta injusto, pero la vida muchas veces lo es y no podemos hacer nada frente a ello.

Y aquí estoy, en el banquillo, sentado, esperando las indicaciones para poder hacer de esta pelea algo más justo, aquí estoy dejando que me pasen vaselina en la cara para que los puños no me den tan directos y sean tan dolorosos. Pasándome la toalla por el cuello para refrescarme y darme un minuto de respiro frente al temible rival. Un par de minutos de respiro, para intentar volver a la normalidad, para volver a estar de pie frente a la vida, para volver a ver la belleza de las cosas, para poder volver a sonreír con ganas y disfrutar de la vida como debe ser. Pero será más adelante, de momento estoy en plena pelea, todavía faltan unos rounds, debo resistir, tengo que resistir, ya sé su habilidad para atacar, pero ya sé también que es hasta el último round, hasta que suene la última campana. Y ahí sí, esa pelea se da por finalizada, no hay vencido ni vencedores, ya que hasta ahora nunca me ha noqueado, me ha pegado duro pero no me ha noqueado y sé que no lo va a hacer, cómo lo sé?, porque conozco mi rival, sé hasta dónde llega, sabe que si me noquea no peleará más conmigo, buscará otros contendientes, por eso, por que somos casi como dos almas gemelas, luchamos solamente entre nosotros.

Tengo que dejarlos, sonó la campana y debo volver al ring, debo seguir luchando con mi rival, más adelante les contaré como sigue esta historia.

Testimonio 007

Este testimonio fue enviado por Alberto Contreras.

Mental drills

Quiero utilizar este espacio para sincerarme conmigo esperando sanar mi alma, discúlpenme si soy breve.

2018 fue un año bastante difícil para mi familia y para mí, perdimos a nuestro hermano mayor en mayo, en julio sacrifique a mi perrita Mika porque el cáncer ya le había invadido su cuerpo, mi hermano me había regalado esa perra; en octubre mi padre falleció y ese mismo fin de año sabotee mi matrimonio perdiendo al amor de mi vida ¿Soy culpable de todo esto? No ¿Me siento culpable? Sí.

Equivocadamente casi siempre la depresión es incomprendida por la gran mayoría de las personas sobre todo por aquellos quienes rodean a alguien con esta enfermedad, es muy cierto que la depresión nos orilla a realizar actos aún más incomprendidos desde el aislamiento hasta el suicidio, si alguna vez lo considere, ahora no lo pienso tanto pues me cuesta trabajo mantenerme concentrado y enfocado en otras actividades, afortunadamente encontré a la terapeuta con quien llevo todo esto y me está ayudando bastante, me atrevo a decir que mi progreso y sanación va creciendo pero no siempre fue así.

Los años anteriores fueron los más difíciles que he vivido, me quedé sin mi coach, mentor, amigo y hermano; sin mi padre y sin el amor de mi vida… mi hermosa esposa; al primero me lo arrebataron, el segundo era tiempo de irse y la ultima la perdí. Recuerdo a mi maestra Paula de ingles durante la preparatoria, ella nos dejaba una actividad que denominaba “Mental drills”, honestamente no recuerdo en qué constaba la actividad solo recuerdo el nombre de ésta, Mental Drills puede entenderse como un taladreo mental, imagínense ustedes durmiendo, teniendo el mejor sueño de su vida y que abruptamente el vecino los despierte con algún sonido fuerte que los levanta enfurecidos; mi día a día es esto, en cada segundo escucho los gritos de mi hermano, veo la mirada de desesperación mi padre en lecho de muerte y veo a mi esposa en el suelo llorando cuando le confesé que fui infiel. Voy andando culpándome de todo esto y preguntándome: ¿Por qué no estuve con mi hermano? Lo hubiera ayudado, ¿Por qué no llegue 20 minutos antes a la casa? Hubiera salvado a mi papá, ¿Por qué la tuve que engañar? Ella es mi todo. Estaba solo y no podía lidiar conmigo mismo, no me toleraba y muchas veces pensé en salir volando por mi ventana, la comunicación con mi familia no era asertiva pues solo recibía comentarios como “échale ganas” y “piensas puras pendejadas”, creo que lo peor que puedes hacer con alguien que tiene depresión es hacerle comentarios insinuando que es culpable de algo o que quiere estar en esa situación cuando nuestros Mental Drills no nos dejan estar en paz con nosotros mismos. 

Me encantaría ahondar todo el proceso que ha sido de mi depresión pero sería exhaustivo detallar cada aspecto que pasé, deberé ser breve y conciso así que… una vez enfrentándome al duelo de estas tres personas importantes de mi vida opte primeramente por auto aislarme esperando que la gente que me rodea me entendiera, que sintieran lastima por mí, buscando sacar ventaja de mi situación y estando triste todo el tiempo, eso me afecto en mi trabajo, mi salud y relaciones personales; cuando me enfrente al insomnio mi médico general me receto pastillas para dormir y canalizándome a psicología, pero en vez de mejorar, todo empeoró pues cuando acudí a psicología llegué cargado con un montón de mentiras, tratando de culpar  a los demás, nuevamente buscando la lastima de los demás y eso en vez de hacerme sentir mejor me hizo sentirme más culpable y peor, ahora mi yo era insoportable en la cabeza, una noche antes de acostarme casi me rindo, mire mis pastillas para dormir, me dije a mi mismo: “Ya no aguanto, quiero dormir”. Imaginé que podía intercambiar mi lugar por el de mi hermano, que él estando aquí haría mejor las cosas; pensé en todo el dolor que le ocasione a mi esposa, me vi a mi mismo tirado en el suelo justo como la vi a ella como si fuera lo que mereciera yo, estando a punto de ingerir todas las pastillas vi a mi esposa llorando, porque se sentiría culpable por haberme suicidado, vi a mi madre llorando, a mis hermanas llorando también, vi a mi papá y hermano regañándome. Esa noche, solo, apartado de los que mas quiero, cambié mi perspectiva, busqué a otro terapeuta, hay que encontrar uno que haga clic contigo. No puedo intercambiar lugares con mi hermano, pero sé puedo hacer cosas para honrarlo, no puedo recuperar a mi esposa, pero al menos puedo desearle lo mejor y si voy a estar solo haré las cosas que más me gustan porque si ellos estuvieran conmigo las haríamos juntos.

Fue así como decidí regresar a jugar football americano, al principio dolía porque ir a los entrenamientos y a los juegos era ir con mi esposa y hermano, recordarlos y notar que no están allí dolía pero ese deporte que tanto amo, aunque soy malo jugando, me redefinió, ayer gané, hoy perdí pero mañana espero ganar nuevamente. Depende de lo que aprenda de mi derrota, que el resultado no lo puedo cambiar si no lo que venga lo puedo escribir a mi antojo, me prometí a mí mismo mejorar para el porvenir, ahora me siento mejor conmigo mismo, puedo dormir, hago lo que más me gusta, las personas que me rodean me hacen sentir su amor y mi familia sigue sin saber tratar mi depresión pero al menos sé que están allí, me di cuenta que si voy a morir será arriba de una motocicleta sintiéndome libre y responsable por mis actos, al fin acepte que la muerte de mi papá y mi hermano no fue mi culpa, con mi esposa acepte que había mucho amor pero no éramos el uno para el otro y que ese gran amor que siento por ella me hace desear verla feliz con alguien más, porque se lo merece.

Si me permitieran dar un consejo, sería: Si sabes de alguien que tiene depresión no le digas “échale ganas” o algo similar, mejor acepta la realidad y dile: no te entiendo, pero quiero hacerlo y si no lo hago no te dejare solo. Porque parte de la depresión es pelear contra nuestros Mental Drills y vencerlos, saber que hay alguien allí y con solo saber que está aunque no entiendan nada, nos ayuda y reconforta, la ayuda profesional si funciona solo que debemos encontrar al terapeuta adecuado, así como yo tengo a las personas que me aman que sencillamente están y cuando estoy solo no es por que me exilio o me abandonan, si no porque es mi espacio y mi tiempo.

Testimonio 006

Este testimonio fue enviado por Diana quien quiere compartir su experiencia lidiando con la depresión, ansiedad y anorexia nerviosa.

Anorexia

Yo toda la vida fui “gordita”, así era como me decían y siempre fui molestada por eso, en la escuela, en mi familia, de hecho es triste porque son los primeros que te meten en la cabeza que algo no está bien contigo. 

En este caso, mi peso. 

Siempre era tipo “no comas esto”, “gorda”, “comes mucho hija” y así. Entonces pues crecí toda mi vida con eso, desde esa edad, como 9 años, se me metió a la cabeza que el ser delgada era lo mejor que podía pasarme, recuerdo que pedía con todas mis fuerzas ser delgada. Pasó el tiempo y no, pues no era delgada y seguía escondiéndome, recuerdo perfectamente que comía a escondidas, enfrente de personas, sí, pero siempre agachada y mis compañeros preguntaban por qué y yo solo no contestaba porque aparte era tímida, entonces no hablaba realmente. Así fue hasta secundaria, me empezaban a gustar los niños pero pues yo a ellos no, porque era “gorda” y así me lo hacían saber claramente indirectamente o a mis espaldas y sufría mucho. Era terrible para mí que me pesaran enfrente de mis compañeros porque realmente sufría. Así fue hasta que cumplí 14 años y me enviaron con una tía a México de vacaciones, también me hizo saber que estaba gorda, ella es la tía directa pero que no mide sus palabras. Yo era una niña. Me fui dos meses y baje de peso, lo más bajo que había estado 65 kg, para mí era un logro y me sentía increíble. Entonces regresé a donde vivo y pues sí se notaba, estaba más delgada, no tanto para la gente, así que no fue un “wow”, solo fue “sí, estás menos gorda”. 

En ese entonces yo empecé a ser menos tímida, a hablar más y a llevarme más con gente, todo estaba “bien”, estaba en secundaria y en el recreo no comía más que una paleta o unas papas y ya había culpa. Llegaba a comer a casa y después vomitaba, nadie se daba cuenta. No duro mucho. Entonces entré a preparatoria y subí muchísimo de peso casi 30 kg, ya era otra vez la gorda, la que caía bien solamente, la que salía con sus amigas y nadie pelaba, claro que sufría pero no le tomaba importancia y pudiera decir que hasta era feliz en verdad. Así fue que hasta mis 16 años perdí (falleció) una persona muy importante. No pude con eso, yo pedía con todas mis fuerzas morir. Realmente me quería morir. Pero no, como no sucedió decidí hacer algo. Empecé a bajar de peso, porque aparte, claro que los doctores para toda enfermedad tenía que bajar de peso y no digo que sea sano la obesidad, pero no te dan chance de amarte tampoco, de encontrar tu proceso, de bajar de forma buena, de nada, porque solo está mal ser gordo. Entonces decidí bajar de peso, recuerdo que empecé a dejar de comer muchas cosas, un año sin nada dulce. Y veía resultados, bajaba un kg por semana, según sé eso no es muy sano. Pero nadie decía nada, aparte de que mi familia no estaba bien informada, ni yo tampoco. Bajaba 4 kg por mes y se empezaba a notar mucho, la gente me felicitaba y llegué a los 75, tampoco estaba bien para toda mi familia, todavía era demasiado, la verdad es que nadie lo veía mal, ni yo, pero estaba mal porque empecé el proceso sin conocimiento, sin ir a un nutriólogo, solo deje de comer mucho, hacía dos comidas al día y todo estaba bien, entonces llegue a los 65, ya nadie le daba importancia, estaba bajando y estaba ok, ya se estaba acostumbrado a que estaba bajando, ese era mi meta, 65 porque era a lo mínimo que había llegado. Pero continué con la “dieta” y vi que estaba bajando más y más hasta que llegue a los 58, sé que ya traía secuelas de problemas con la comida, pero jamás olvidaré la diferencia que marcó ese 58, empecé a obsesionarme, empecé a ver cómo podía bajar más y más y desgraciadamente toda esa información se encuentra en todos lados. Porque es súper normal querer bajar de peso aunque tengas un peso sano. Tampoco olvidaré como marco emocionalmente porque empecé a sentir cosas que jamás había sentido, tantas desesperación, tanta tristeza, tantas emociones que no podía controlar, tantas ganas de no existir. Hace unos días leí un tuit de una persona que tuvo un Trastorno Alimenticio y me sentí tan identificada, la cito “tener un TA es más que querer ser delgada/bonita. Para mí tiene que ver más con ganas de ser chiquita (en todos los sentidos), de no hacer ruido, de no molestar. Es como querer desaparecer, matarse poquito a poquito, intentado no molestar a nadie”. Y así me sentía/siento. Era una obsesión el bajar de peso, quería más y más, nunca fue suficiente. No es totalmente cómo sale en las películas que te ves literalmente obesa, simplemente no te ves como te gusta, no llegas a decir, perfecto soy delgada, porque no recuerdo en ningún punto haberlo pensando. Solo quería ser chiquita, que no me viera. En ese tiempo me encerré, salía poco y realmente la pasaba mal, no comía cuando salía, estaba triste y no disfrutaba nada, ni las pláticas que yo amaba con mis amigas. Comía una vez al día, hasta que llegó la desesperación por comer, mi cuerpo lo pedía, entonces llegaron los atracones, en pocas ocasiones vomitaba después de ellos, pero normalmente era sentir una culpa y llorar y llorar. Hasta que empecé a cortarme. Atracón, encerrarme a llorar y cortarme. Se volvió un vicio, hasta que llegaron los laxantes y a ese círculo se les unió. Ahora era atracón, laxante, llorar y cortarme. Hasta que deje de comer. Y era, atracón, laxante, llorar, cortarme, dejar de comer tres días. Y fue un vicio, hasta que empezó a preocuparse mi familia. Me llevaron con el psiquiatra y psicóloga y me diagnosticaron anorexia nerviosa, trastorno de ansiedad y depresión. Y me valió, realmente no hice caso, seguí con lo mismo, me medicaron y me tomaba hasta 6 antidepresivos y era descarada se lo decía a la psicóloga. Entonces empecé a salir de fiesta, deje el psicólogo y empecé a tomar y me gustaba, se sentía bien, no era consciente de la comida, tomaba para olvidar y parecía que la gente me aceptaba porque era delgada. Mucha familia intervino, les preocupaba un poco el diagnóstico, pero tampoco lo creían de todo, así que pasó, yo me sentía cada día más basura y sin ganas de existir. Así fue hasta que subí a 55  y me dolió, pero no pasaba nada yo sabia que tenía el control y que en cualquier momento podía de nuevo bajar. Era “feliz”. Conocí mucha gente, encontré personas, etc. Una vez me corte el brazo y me llevaron al hospital con regaños, no era intento de suicido porque ni siquiera fueron las venas pero para mi familia (menos mi mamá y hermanas) era por querer llamar la atención. La misma enfermera lo dijo. Por eso es bien importante que se consideren mucho las enfermedades mentales, porque no, no son porque querer llamar la atención. Cabe mencionar que mi mamá y mis hermanas, siempre estuvieron conmigo. Y les agradezco. Pero continuó todo el problema, había días en que no comía, había días en que tomaba mucho. Era mi vida. Hasta que me rompieron el corazón y escapé de donde vivía. Porque cabe aclarar que siempre evito los problemas y me es mejor escapar o hacerme mensa. Ya había subido a 70 kg pero allá me puse a trabajar y baje 58. Cuando llegué era muy criticada por cómo me vestía y que siempre estaba desarreglada ah porque eso siempre también ha sido un problema en todos los lugares como me visto, que no me arreglo demasiado, pero pues es que en realidad jamás he sido de pintarme o arreglarme mucho. Y mucho menos cuando no me gusto, o sea cuando no me siento cómoda con mi cuerpo. Y no me sentía hasta que baje y empecé a arreglarme. Pero baje comiendo una vez al día, con atracones, laxantes y dejando de comer. Otra vez el vicio. Hasta que me embarace y subí mucho. Otra vez casi 30 kg. El embarazo fue bonito, pero para mi tormentoso, engorde demasiado. Eso fue en el 2016. Cuando di a luz y di pecho pensé que bajaría pero no fue así hasta ahora casi cuatro años después no he podido recuperar mi peso. He bajado pero no mucho y he estado en ese lapso de bajar/subir dentro de estos años. Y estaba bien, hacía ejercicio, comía bien. Hasta que principios del 2019, todo se vino abajo. Aclaró que cuando nació mi bebé fui muy feliz, dejé atrás todo y decidí empezar de nuevo. Pero recaí en el 2019, volvió la ansiedad, la depresión y la comida. La verdad es que todo este tiempo 2016-2019 me preocupo siempre la comida pero no le tomaba demasiada importancia. Hasta mediados del 2019 que empecé a comer una vez, al día, atracones pero ya no laxantes, ya no dejar de comer. Y baje. Pero no tanto porque había días que comía mucho. Me he informado y mi pareja me ayuda a informarme porque es muy fan de la alimentación y ejercicio. Pero lo cierto es que no me importa, yo solo conozco una forma de bajar y me cierro totalmente a todo lo demás. Voy con la nutrióloga pero no hago caso. Me medicaron de nuevo, porque había dejado el psiquiatra y el psicólogo y no tomo mis pastillas como son. Solo las de dormir y eso porque si no no duermo, me aterra la hora de dormir y no sé por qué. Y estoy ahorita otra vez, laxándome, comiendo dos veces al día, atracones y con la culpa, con el asco hacia mi cuerpo y lloro. De verdad es inimaginable las veces que lloro cuando me veo al espejo. No me gusta. Y sin embargo, todo el tiempo lo hago. 

No tengo un peso bajo, de hecho sobrepeso sí y puedo decir que la anorexia está igual de presente que siempre. Que no es necesario estar baja de peso, porque no solo es el verte súper delgada, va más allá, la relación tan mala que tienes con la comida, el miedo que le tienes, que cada instante cuentes las calorías, culpa al comer, no gustarte y sí como anteriormente cité “querer ir desapareciendo poquito a poquito sin que nadie se dé cuenta”. No, no se me ha quitado, nunca la traté, estoy en terapia y es difícil. Sobre todo porque es una enfermedad que llevarás contigo toda la vida y que siempre tendrás que luchar contra eso. Yo intento luchar. Pero lo cierto es que lo estoy haciendo todo mal. Y ni siquiera creo querer hacerlo. La verdad estoy tan acostumbrada a sentirme así que no creo tener ni las ganas ni las fuerzas para querer salir de esto. Y es triste.

«Échale ganas» y otras cosas que no deberías decirle a alguien con depresión y ansiedad

Entender la depresión es difícil tanto para el que la sufre, como para el que mira a alguien cercano padecerla. No es fácil encararla, comprenderla, meternos entre su piel para conocerla a profundidad y así poder desentrañarla y darle una solución. Años de terapia son requeridos para poder sanar, batallas diarias con la mente de uno mismo, prueba y error, mucho trabajo personal.

Muchas veces, en nuestras ganas de apoyar a quien está pasando por un episodio depresivo o a aquél que está sufriendo de un ataque de ansiedad, podemos recurrir a comentarios o sitios comunes que al final del día perjudican más que ayudar.

¿A qué se debe esto? Fácil, a que no sabemos (porque nunca nadie nos explicó) cómo manejar la tristeza ajena, por lo tanto nos incomoda. Nadie nos educó para tratar la salud mental como algo importante, para comprender las emociones de manera más inteligente. Es cierto que difícilmente podemos meternos en la mente del otro y cambiar su forma de pensar y de percibir la vida, pero sí podemos llevar a cabo ciertas acciones que ayuden a la persona deprimida a sentirse un poco mejor, sobre todo si acuden a ti para sentirse reconfortados.

Voy a hablar desde mi experiencia, como en todos los textos de este blog que son escritos por mí.

Explicar mi ansiedad, ataques de pánico y depresión nunca ha sido fácil. Con el tiempo lo he dominado mejor y me he abierto al punto de hacerlo público para tratar de ayudar a otras personas. Sin embargo, al principio resultaba imposible articular mis sentimientos. Formar una oración que pudiese explicar lo que estaba sintiendo y por qué lo estaba sintiendo, me parecía completamente irrealizable. Obviamente, al inicio de mi proceso terapéutico, e incluso antes, cuando no sabía ni qué me estaba pasando, mantenía oculta la verdad y no dejaba que nadie supiera que sufría de depresión y ansiedad (en parte porque ni siquiera yo misma sabía lo que padecía). Ocultar mis sentimientos de tristeza, las ganas de llorar que se amontonaban en mi garganta, el dolor hueco que sentía en el pecho, el nerviosismo, la falta de aire, el temblor en las manos; era más sencillo que pasar por el engorroso trámite de explicar a los demás cómo me estaba sintiendo.

Cuando comencé a darle sentido a lo que sufría y a encarar las razones de mi depresión, decidí que era momento de compartirlo con las personas más cercanas a mí. Las respuestas fueron mutando, pues en un principio recibí el famoso «échale ganas» de parte de todos. Como si fuese algo que yo eligiera conscientemente. Como si sentirme deprimida y llorar durante horas fuera una elección que yo hacía.

La depresión no es una elección. Tener una crisis depresiva no es como escoger la ropa que te vas a poner el día de hoy o el color de tus zapatos. No es como escoger el sabor de tu helado o la película que quieres ver en el cine.

Sufrir de depresión es estar enfermo y como es una enfermedad se debe tratar con la misma seriedad y respeto que se le trata a todas las demás enfermedades físicas del cuerpo. No creo que nadie le diría a un enfermo de cáncer que aprenda a ver la vida de forma más positiva y con eso se le va a quitar la enfermedad, o que simplemente deje de pensar en lo que le obsesiona y le hace sentir mal.

Una persona con ataques de ansiedad constantes y depresión suele enfocarse mucho en los pequeños detalles. Los pensamientos obsesivos se vuelven parte de nuestro día a día y ya ni hablar de las inseguridades que brotan cual cascada cuando nos sentimos mal. Por eso, expresarnos de manera adecuada se vuelve muy complicado, además de que muchas veces, cuando estás en plena crisis, no tienes ganas de hablar y ponerte a explicar con peras y manzanas las razones de tu sentir.

Por mi parte, hablarlo con mi novio fue uno de los pasos más difíciles, pues no sabía cómo iba a reaccionar. ¿Se hartará de mí? ¿Me dejará porque estoy dañada? Ese tipo de pensamientos tenía. Era un miedo desproporcionado porque sentía que la imagen que él tenía de mí se iba a ir al caño al mostrarle todas las heridas internas que tenía.

Pero se quedó a mi lado y con el tiempo y junto a mí ha ido aprendiendo sobre mi distimia, mi trastorno de ansiedad generalizada y mis ataques de pánico. Se ha vuelto más comprensivo, empático y sabe cómo estar para mí cuando lo necesito más. Aunque sigue sin entender muchas de las cosas por las que atraviesa mi mente y sigue sin saber lo que se siente la depresión y la ansiedad generalizada, ha dejado a un lado aquellos sitios comunes que sabe bien no son de mucha ayuda para llevar mi padecimiento.

Así que, para ampliar un poco el panorama, aquí hay una lista de las cosas que no le deberíamos decir a una persona con ansiedad y depresión:

  • «Sólo mira el lado positivo de la vida»
  • «¿Por qué no te pones a hacer ejercicio y así sacas la ansiedad?»
  • «Hay gente que tiene peores problemas que tú»
  • «Elige sentirte bien, es importante elegir ser felices»
  • «Sal y distráete un rato»
  • «Échale ganas y recupérate, sólo depende de ti»
  • «Es tan fácil como relajarte y ya, no te tomes la vida tan en serio»

Estas frases, aunque dichas con la mejor intención posible, pueden llegar a ser muy perjudiciales porque nos hacen sentir culpables por estar deprimidos. Y sentir culpa por algo en lo que no tienes control es tortuoso. Si de por sí te enfrentas a los problemas propios de tu padecimiento, le sumas mayor angustia y ansiedad por no mostrarte feliz y positivo todo el tiempo, por dar a notar que tal vez no te estás esforzando lo suficiente como para salir de ésta. Y es que la depresión no se quita sólo teniendo happy thoughts.

La depresión ataca de distintas maneras, pero frecuentemente se presenta como una pesadez que nos impide hacer las cosas más simples con facilidad y a veces, como persona depresiva, el pensar en todo el esfuerzo que tenemos que hacer resulta abrumador.

Entonces, ¿qué SÍ puedo hacer?

En primer lugar es importante que comprendas que la depresión y la ansiedad de una persona no se trata de ti. Cuando está deprimida, sin ganas de pararse de la cama, cuando llora por horas, cuando se siente sola, cuando no pueda hablar porque se siente muy mal es importante reconocer que tú no eres el centro de estos sentimientos, por lo que no debes tomarte personal lo que está sintiendo. Si en ese momento no hallamos las palabras para expresar lo que sentimos, no presiones, no te enojes, dale tiempo y espacio. Estar en medio de una crisis, para mí, es como tener la mente nublada. Es como no poder ver bien, no poder ver con claridad. Y cuando estamos así lo menos que queremos hacer es ponernos a explicar las complejidades de nuestro pensamiento y sentimiento.

Dejar que la gente experimente su tristeza sin ponerle trabas es de suma importancia. Hacerle sentir que está en un lugar seguro donde se puede desahogar la ayudará mucho. Comprender que estando ahí, para esa persona, aunque sea sosteniendo su mano mientras pasa el ataque de ansiedad puede ser más que suficiente. A veces el silencio dice más que todas las palabras del mundo, a veces el acompañamiento reconforta más que cualquier otra cosa. Lo importante es no presionar y no imponer nuestras ideas sobre lo que es «la felicidad» a aquellos que tienen un obstáculo tan grande como es la depresión por sortear.

¿Cómo saber cuándo hablar y cuándo callar? Simple, abre la comunicación. Siéntate a platicar con esa persona que se acercó a ti para desahogarse y pregúntale de qué manera puedes ayudarle. Investiga, lee, documéntate sobre su padecimiento para poder empatizar mejor con ella. Y tenle mucha paciencia.

Aquí te dejo algunas frases que SÍ pueden ser de mucha ayuda:

  • «¿Qué puedo hacer para ayudarte?»
  • «No estás solo»
  • «Esta enfermedad no es tu culpa»
  • «Estoy para apoyarte en lo que necesites»
  • «Eres importante para mí»
  • «Sé que estás sufriendo y no te voy a dejar»

Y sobre todo, expresarle todo el amor que le tienes ayudará mucho.

Espero les sirva esta entrada y recuerden: NO ESTÁN SOLOS EN ESTA BATALLA DIARIA.

Testimonio 005

Stefano es un chico de Italia que encontró este blog y se animó a compartir su experiencia lidiando con la depresión. Le gustaría dejar su correo electrónico para que, quien quiera platicar con él, lo pueda hacer fácilmente. clari.stefanofm@gmail.com

Mi nombre es Stefano y tengo 25 años. Durante dos años he padecido distimia.

Todo comenzó cuando asistí a una escuela de cine en Roma. Fue mi primera experiencia fuera de casa y lejos de mi familia. El primer año todo parecía estar yendo bien, pero luego comencé a evitar salir con mis compañeros de clase cuando me invitaban a algún lugar. Tenía una especia de miedo de hacer algo mal. Poco a poco esto se hizo cada vez más fuerte, hasta que comencé a sentir miedo de ir a la escuela, por lo que falté varios días. La ansiedad se hizo tan fuerte que decidí dejar la escuela e irme a casa.

Han pasado dos años desde entonces y han sido dos años muy malos, como pueden imaginar. Salgo muy poco de mi casa, ya no creo en mí mismo y los intereses que tenía casi han desaparecido. Me temo que ni siquiera podré trabajar en un supermercado. Al principio también tenía miedo de la gente, tenía miedo de su juicio.

En estos dos años mi vida social se ha reducido mucho y ahora me resulta difícil incluso llevar un CV a un bar o a un supermercado. Ya no tengo sueños ni esperanzas. Me temo que no saldré de esto y que estos dos años definitivamente me han cambiado.

Mi psicólogo me ha recetado sertralina y rixen y los he estado tomando durante unos seis meses. Con estas medicinas la ansiedad obviamente ha disminuido, pero el espíritu de iniciativa y entusiasmo por la vida no están ahí.

Duermo mucho porque es una forma de refugiarme de la vida. Me temo que no podré tener una vida normal y que la gente me verá como un inadaptado y se alejará de mí. Sin embargo, hay una cosa positiva y es que últimamente tengo un poco más de esperanza de que mi situación pueda resolverse.

No hablo mucho con mis conocidos de lo que me pasa, por eso, si alguien quiere platicar conmigo estaré muy feliz de hacerlo porque creo que eso me ayudará a comunicarme.

A título personal: así se ve la depresión.

Llevo dos días sin bañarme y con el mismo pants. Ayer dormí hasta las 12:30 del día y casi no quise desayunar. Lloré por la noche antes de dormir y no quise ni tocar el libro nuevo que apenas comencé. Hoy, cuando abrí los ojos, me encontré con la neblina densa. Como lo he hecho casi desde que tengo memoria. Es como si tuviera un velo en los ojos que no me permite mirar propiamente por dónde camino. 

La depresión es difícil de explicar. No siempre se puede hacer que los demás entiendan lo que tienes en la mente y en el corazón. Para mí es eso: neblina. A veces más densa que otras. 

He estado peor. He tenido períodos muy largos de tristeza, he sentido los puntos bajos muuuuuy pero muy bajos. Ahorita no es, ni por poco, de los peores momentos de mi vida. Sin embargo, hoy me desperté con la neblina. A veces desaparece, incluso al cien por ciento. Otras, simplemente está ahí, atrás del escenario de mi vida, permeando casi todo lo que me rodea. Una neblina que no me deja llevar mi vida con normalidad y que me tiene yendo al baño cada tanto a llorar. Una neblina con la que he aprendido a vivir, a sortear el trastorno de ansiedad que me arroja a la cara, a tratar de disiparla y dejarla ir.

Hoy abrí los ojos y no tenía ganas de despertar, ni de moverme de la cama, ni de desayunar. Me forcé a pararme y a prepararme de comer. Incluso me senté en el escritorio a tratar de seguir con mis proyectos por un rato. No logré mucho, prácticamente logré nada. Si por mí hubiera sido, me habría hecho bola en la cama y habría dormido todo el día de ser posible. Salí a pasear al perro con Luis y me solté llorando como si el cielo se fuera a caer. Lloré largo y tendido, me hice bola en la cama, me quedé dormida un rato. Me pasé al sillón, traté de poner una película, volví a llorar otro ratito más. Me arden los ojos, me duele la cabeza y sonreír duele en mi cara. Ver personas no es una opción, convivir no está dentro de mis posibilidades ahorita. 

No sé bien a qué se debe este específico momento de desesperanza, eso lo desentrañaré dentro de un par de días que tenga mi sesión de terapia y vuelva a llorar largo y tendido. Tal vez es el estado del mundo, el encierro por la pandemia, mis proyectos estancados por la misma, no lo sé. Sé que sufro de un trastorno depresivo persistente, que es difícil deshacerme de él. Aunque ahora me siento pésimo y esto parece un retroceso, sé que sanar no es lineal y en esta batalla hay altas y bajas. Sé que mañana será otro día y otra oportunidad de disipar la neblina. Sé que hoy debo seguir mi tratamiento, encontrar confort en las pequeñas cosas, permitirme sentir la tristeza, convencerme de que esto no es permanente. 

No escribo esto para que me tengan lástima. Ni siquiera para obtener compasión. Lo escribo porque a veces parece que las personas deprimidas sólo queremos echar la flojera y no es así. Y lo escribo porque me gustaría ayudar a aquellos que se sienten de la misma forma que yo. Quisiera lograr comenzar la conversación sobre la importancia de la salud mental, lo importante que es ser empáticos y conectar con otros, dejar de alejar a las personas que parecen tristes. Quiero hacerlo visible, porque tal vez a veces siento que la vida no tiene mucho sentido… pero a pesar de todo, aquí estoy. Viviendo.

COVID-19 y ataques de pánico

Esta entrada fue escrita por la Psic. Rosa María Mondragón Becerra.

El ser humano ante fenómenos naturales que sobrepasan su comprensión y capacidad de reacción es confrontado con situaciones que vulneran su salud mental a corto, mediano y largo plazo alterando su relación con el medio ambiente y funcionamiento en el día a día. Los efectos de cualquier suceso traumático o catástrofe en el individuo dependen generalmente del tipo de evento, la intensidad, el origen, los rasgos de personalidad del afectado y el contexto social, histórico o cultural en que se suscitó. De acuerdo a la OMS los trastornos más comunes derivados de situaciones de catástrofe son: ansiedad, ataques de pánico, estrés postraumático y demencia. Además de alteraciones del estado de ánimo como: adicciones y comportamientos agresivos; algunos de ellos pueden permanecer y reforzarse con el paso del tiempo.

 Es importante destacar que los síntomas no se manifiestan durante o inmediatamente a la situación adversa, de crisis o traumática. En el caso del trastorno por estrés postraumático se pueden presentar síntomas en el transcurso de 6 meses a un año, sin embargo su aparición no es indicador de la existencia de psicopatologías graves; los síntomas deben ser comprendidos como una respuesta adaptativa al estrés postcrisis. Mientras que la aparición de uno o más ataques de pánico en el transcurso de un mes sí es indicio de presencia de psicopatologías, pueden ser asociados directamente a síntomas vinculados con trastornos de ansiedad y depresión previos. Es común que los síntomas aparezcan o se agudicen en etapas de vida tempranas, durante la adolescencia y niñez. 

En el escenario actual de crisis por el Coronavirus, los ataques de pánico se agudizan y responden en su mayoría a trastornos de ansiedad que habían aparecido con anterioridad en la vida del afectado. De acuerdo a los manuales establecidos por la OMS  para la detección de ataques de pánico se distinguen 9 síntomas que corresponden a respuestas fisiológicas: aceleración del ritmo cardíaco, sudoración, sensación de ahogo, atragantamiento, opresión en el pecho, náuseas, malestar abdominal y adormecimiento de cualquier parte del cuerpo o escalofríos; y 4 que corresponden a respuestas psicológicas: miedo intenso, sensación de extrañeza, alteración de la percepción o en el más extremo de los casos despersonalización. 

Los ataques de pánico suelen manifestarse con agorafobia (miedo a los espacios abiertos o cerrados) o por abandonar una situación que nos resulta placentera; por ello las crisis de angustia con que generalmente se acompañan son resultado de la presencia de otro trastorno de comportamiento como podrían ser:  depresión, fobias, trastorno obsesivo compulsivo, trastorno de ansiedad generalizada, entre otros. Una característica común de los ataques de pánico es que se acompañan de miedo a sufrir nuevas crisis y preocupación intensa sobre los efectos de ellas en el comportamiento, son de carácter repentino y por lo general las personas que los padecen desconocen lo que los origina, desde su percepción interna no pueden ejercer control sobre los síntomas y reacciones corporales.

Para algunas personas con depresión y trastornos de ansiedad la crisis por el COVID-19 y los constantes llamados de los medios de comunicación e instancias gubernamentales o de salud a tomar precauciones son detonantes de episodios clínicos. El miedo y la preocupación continua por uno mismo, los miembros de la familia y amigos pueden desatar reacciones severas de angustia.

La interrupción abrupta a la rutina cotidiana afecta el desempeño de quienes padecen ataques de pánico. El miedo y la preocupación son respuestas naturales e instintivas a situaciones que amenazan la supervivencia; sin embargo pueden desencadenar pensamientos obsesivos, conductas compulsivas, e incluso hipocondriasis cuando se pierde el control de la situación. 

 Por las restricciones actuales para muchos es imposible acudir a terapia, la imposición de reglas, la reducción del contacto social, el aumento del tiempo en línea y la recesión de actividades detonan episodios depresivos y agorafobia que conducen a condiciones precarias de aislamiento y soledad que refuerzan la enfermedad mental.  

¿Qué puedes hacer al respecto?

a) Si tú, tus familiares o amigos presentan alguno de los síntomas mencionados permanezcan en contacto con personas de confianza por videollamadas, llamadas, mensajes de texto y notas de voz.

b) Pregunta por sus estados de salud y habla del tuyo, cómo les va, sé realista y ofrece o pide una escucha segura.

c) Si te encuentras en proceso terapéutico, pregunta al terapeuta si es viable continuarlo por Skype o Facetime.

d) Si te encuentras en tratamiento psiquiátrico, continúa con tu medicación y mantén contacto con el médico responsable.

e) Desarrolla una rutina y da continuidad a las actividades cotidianas desde casa.

f) Infórmate por medios de comunicación confiables e intenta corroborar si las fuentes de lo recibido son verídicas, desconéctate si es necesario. 

g) Invierte el tiempo libre en actividades que refuercen procesos cognitivos como: lectura, escritura, ver tutoriales, juegos de habilidad mental, cocina, costura, tejido, etc.

h) Si te encuentras en óptimas condiciones apoya a personas en situación vulnerable a realizar compras y verifica que continúen con sus tratamientos médicos, psiquiátricos y psicológicos.

Bibliografía consultada:

American Psychiatric Association. (2002). Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales DSM-IV- TR. Barcelona. Masson.

Rodriguez, Jorge. (2009). Guía práctica de la salud mental en desastres. Washington. OPS.

Testimonio 004: Bullying escolar, cuando se gradúa al entorno laboral

Esta entrada fue escrita por la doctora Tania Vargas, cuenta su experiencia personal con el bullying laboral y escolar y las repercusiones de éstos en la salud mental.

Lo recuerdo bien. “El punto sobre la i es pequeño, no un puntote, Tania María” Así me reprendía la peor maestra que tuve en preescolar en donde se supone que aún ni siquiera debía saber escribir. Pero lo peor no fue la humillación. Lo peor fue, para mi mente de 5 años, la ansiedad que se generó al ser reprendida de tal manera y al escuchar la risa de los compañeros de clase. 

Diversos incidentes de la misma índole conllevaron un cambio de colegio. Ahí, pensé, no habría más problemas de esos. La directora gentil y paciente me recibió en su oficina para darme la bienvenida. Los años ahí en verdad se han mezclado unos con otros, pero hay algo que recuerdo con la facilidad que recuerdo la tabla del 1. Mi maestra de tercero de primaria burlándose porque “Ya estás grande, Tania María. No puedo creer que hables como bebé todavía.” Como si mi timbre de voz, algo dictado enteramente por la biología, fuera mi culpa. Aparte de la humillación y la ansiedad recuerdo bien las amenazas. “Si sigues así, te voy a dejar más planas.” No se si lo decía de broma, pero no me interesa. Solo recuerdo haberme sentido fatal. 

Hasta este momento mis compañeros no formaban parte de esa ansiedad y humillación que a veces relacionaba con la escuela. Después llegó la secundaria y eso cambió. Estaba yo sola en un salón nuevo lleno de gente nueva en un entorno nuevo. “Por qué traes ese reloj.” Un regalo de mi abuela. “No encuentro tu guía de matemáticas.” La tuve que repetir completa después de haberla prestado al final del año escolar cuando solo la habían escondido. 

Estas solo son instancias que me provocaron ansiedad al punto que están grabadas en mi mente tantos años después. Por no decir las que causaron en mi un sentimiento de humillación tan intenso que a veces me hacían no querer volver a la escuela. No es menester recordar ni los eventos ni los autores de los mismos. Aunque en mi mente estén tan frescos como si hubieran pasado ayer. 

Afortunadamente, la universidad representó un descanso de esas cosas. Creo que un entorno de personas que, a largo plazo, están comprometidos con una decisión similar facilita la convivencia en otros niveles. Desafortunadamente, el trastorno de ansiedad generalizada estaba diagnosticado y en tratamiento para este momento. En general me invadía todo el tiempo un sentimiento de no encajar, de no pertenecer. Siempre sintiéndome sola, a pesar de tener muy buenos amigos. Procesar este sentimiento es un trabajo arduo y constante que no siempre logro atenuar del todo aún ahora. 

Entender que todos estos eventos y estas situaciones tenían un nombre no fue sencillo. Bullying escolar. Las estadísticas y el conocimiento no sirvieron para catalogarlo como tal llevando a la normalización de una conducta que era todo menos eso, todo menos normal. Una plática con mi madre y mi hermana me hizo darme cuenta de ello. Una tarde mientras comíamos les dije: “Es que yo tenía todo para que me molestaran. Era una ñoña, sin muchos amigos y me veía como me veía. La trifecta perfecta.” Mi madre, la eterna mariposa social, no lo podía entender. Tampoco mi hermana quien, como la menor de las dos, ha tenido siempre una imagen idealizada de mí. 

El problema con el bullying en el entorno que sea es que es devastador en sí mismo. Pero lo es aún más cuando la víctima es una persona que sufre problemas de salud mental. En este caso, todo se magnifica al 1000%. En mi entorno laboral actual, el de un profesional de la salud en formación o como es conocido de manera coloquial; un residente, cualquier sentimiento de decepción, falla, desesperanza significa la derrota total. Y en un fenómeno extraño, aquellos puntos positivos se vuelven algo insignificante y anticlimático. Después de todo se trata de lo mínimo que deberías estar haciendo por tu vocación y tus pacientes. El ambiente en la medicina y su enseñanza actual baraja las cartas en contra de los más jóvenes que apenas iniciamos en este camino exacerbando lo sufrido previamente, agregando piedras metafóricas y obstáculos que a veces parecen infranqueables como el ampliamente comentado Síndrome de Burnout. En mi caso, culminó en un ataque de pánico en plena guardia a las 2 de la mañana sin encontrar una sola persona a quien voltear y pedirle ayuda. Los incidentes precipitantes y que quedan grabados en mi mente tampoco vale la pena mencionarlos.

En 2015, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) publicó un Protocolo de actuación en situaciones de bullying en conjunto con el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica en el que definen acertadamente a este fenómeno como una forma de violencia entre pares que ocurre predominantemente en un ambiente educativo. Involucra actitudes y comportamientos repetidos y abusivos con el fin claro e indiscutible de causar daño. Para este efecto, reconocen que sucede también en entornos laborales y que para ello deben cumplirse las siguientes condiciones: ser intencional, existir en el contexto de una relación desigual, ser repetido y ocurrir en una relación de pares. 

De manera sistemática, los esfuerzos para atacar estos problemas se han enfocado únicamente en los organismos educativos dejando un poco de lado la influencia enorme que puede ejercer el sector de la salud. Sobre todo, al reconocer los riesgos a la salud ligados al bullying a lo largo de la vida del individuo. 

En un estudio que involucró a 40 países en vías de desarrollo muestra un promedio de 42% de niños y 37% de niñas expuestas a este fenómeno. Existe evidencia creciente de que las personas involucradas ya sea como observadores, víctimas o perpetradores pueden sufrir un rango característicamente amplio de comorbilidades, sobre todo en el ámbito psiquiátrico, y que las consecuencias de dicho fenómeno se extienden bien hacia la adultez. De ahí, que el entorno escolar puede equiparar el entorno laboral en donde los empleados y empleadores en potencia desarrollan habilidades y aptitudes que ejercerán en el futuro. 

El panorama laboral actual valora de manera especial el costo-efectividad y la alta productividad. Sin embargo, la exponencial tasa de cambio aunada a un ambiente que no valora de manera integral a sus trabajadores incluyendo su bienestar mental ha degenerado en diversos problemas. De ahí que la pérdida de productividad que resulta de las dos morbilidades de salud mental más frecuentes, ansiedad y depresión, se valúa en rangos millonarios. 

Se han puesto en marcha muchos esfuerzos para conducir las políticas hacia una inclusión de estos aspectos. El Foro Económico Mundial ha agrupado diversos expertos para crear un plan de siete pasos hacia una cultura organizacional mentalmente sana. Sin embargo, la OMS ha intervenido para tratar de asegurar que las intervenciones estén basadas en la mejor evidencia científica posible. De ahí que en 2019 se ha propuesto la creación de una guía sobre salud mental en el entorno laboral. 

Esta respuesta de la OMS se ancla en su Plan Mundial de Acción sobre la Salud de los trabajadores 2008-2017 y en el Plan de Acción sobre Salud Mental 2013-2030 que tiene como objetivos los determinantes sociales de la salud mental, actividades de prevención y promoción y aumentar el acceso a la atención basada en evidencia científica. La evidencia existe, el problema existe. Ahora toca el turno a los empleadores y a los centros laborales para lograr un cambio significativo. 

La Salud Mental en Adolescentes – una mirada desde la perspectiva de un docente

La siguiente entrada, perteneciente a un docente, es a manera anónima. Como se los mencioné en el pasado, este sitio es un espacio para que todo aquél que esté interesado en discutir la salud mental participe. Es una mirada valiosa de parte de un maestro que nos invita a reflexionar.

No soy ningún experto psicólogo, ni tengo todas las herramientas que una formación académica te pueden brindar para atender a personas con enfermedades mentales. Sin embargo, he sido profesor por 10 años, 5 de los cuáles han sido con adolescentes de entre 15 y 18 años, y he experimentado de cerca muchos casos de enfermedades mentales en adolescentes.

Como todo lo que carga consigo un prejuicio social, las enfermedades mentales son difíciles de diagnosticar y manejar profesionalmente por el miedo a ser etiquetado por una sociedad poco comprensiva y poco incluyente de las diferencias. Al tratar con adolescentes que las padecen, la dificultad incrementa por varios factores, entre los que están la influencia de sus círculos sociales, el apoyo o falta de él por parte de sus padres y la presión de un sistema educativo diseñado para explotar durante horas a un ser humano. Respecto a este último, hay algunas cosas que decir.

Desafortunadamente, en el ITESM, han habido varios casos de intentos de suicidio, algunos dentro de las instalaciones, y algunos exitosos. Yo dí seguimiento a algunos de los afectados desde antes de sus intentos, y aún pienso que la manera en que la institución manejó los casos no fue óptima. Entre otras cosas, creo que fue así porque se sigue pensando que aceptar que las enfermedades mentales se padecen es aceptar una debilidad y no una condición médica. Pareciera que las instituciones educativas deciden transformar a sus alumnos reales en estadísticas que no sienten, no piensan, y no sufren. El último caso, acontecido hace una semana, fue completamente ignorado y escondido por las autoridades del Tec.

Se ha intentado, de manera superficial y poco inteligente, de brindarle a los alumnos herramientas para el buen manejo emocional de sus vidas. Se ha intentado implementar un sistema aprobado por la Universidad de Yale, llamado RULER, a los alumnos de la escuela. Pero se intenta brindar de modo extra, sin darle la seriedad ni el valor que debería tener, y eso ocasiona que el prejuicio respecto a las enfermedades mentales se propague aún más, y se vuelve aún más difícil aceptar y reconocer que se puede tener una enfermedad mental.

Y es que la realidad que vivimos es diferente a la realidad de una escuela o un centro educativo. Particularmente la adolescencia representa el cambio de la seguridad de la familia al caos de la vida real. En ningún otro momento de nuestras vidas nos enfrentamos por primera vez a uno o varios grupos sociales, que pueden mejorar o arruinar tu experiencia de vida con actos tan sencillos como darte los buenos días, o burlarse de tu atuendo. Hay quien dice que las generaciones más recientes son “de cristal”, o que “no aguantan las presiones de otras generaciones.” Pero se equivocan. Nunca antes habían existido tantas causas para desarrollar enfermedades mentales. 

Los medios bombardean millones de noticias sensibles todos los días, la seguridad ecológica de la que gozaron las generaciones previas a la X ya no está garantizada, y las fotos, actos y desgracias del día a día pueden ser viralizados en cuestión de segundos por un dispositivo que cabe en la bolsa del pantalón. Los adolescentes de ahora, aunados a que son educados por generaciones más grandes y por tanto más ignorantes del mundo actual, la tienen más difícil que nunca para poder desarrollarse de manera emocionalmente estable y mentalmente saludable.

Esto lo planteo con dos intenciones: primero, mostrar que las enfermedades mentales en adolescentes son reales, aceptables y comprensibles. ¿Existe un mejor momento para descubrirnos, con todos nuestros defectos y fortalezas, que en un buen entorno educativo? Porque en un mundo ideal, esto pasaría todos los días. Imaginemos una escuela donde en lugar de marcar a las personas como “ñoñas” o como “malos estudiantes”, ambos términos sumamente ambiguos y generales, y a veces hasta dañinos emocionalmente, pudiéramos marcarlos como “Excelentes para la discusión”, o “Excelentes para las artes plásticas”. 

Si podemos imaginarnos un mundo donde se deja de calificar la calidad de las personas con un número, tan insignificante como la tinta con la que se pinta, también podemos imaginarnos un mundo donde se deja de calificar el valor de una persona con su condición mental particular. Mientras sigamos perpetuando la idea de que una calificación determina el valor de una persona, o de que hay un estado de normalidad al que se puede pertenecer o no, seguiremos perpetuando las enfermedades mentales como estigmas sociales que es mejor ignorar.

Segundo, te invito amigo lector, a que reflexiones sobre las actitudes que puedes propagar y fomentar sin tener conciencia de ello. Uno no es responsable de lo que los demás entiendan, pero sí de lo que uno dice. Eso quiere decir que hay que ser conscientes del impacto que pueden causar nuestras palabras y nuestros actos. No es necesario catalogar a las personas por sus necesidades emocionales, ni por sus condiciones mentales. Es más sencillo estar dispuestos a compartir experiencias del mundo (la ajena y la propia) de manera libre, clara y objetiva, sin pretender imponer una como “mejor” o “normal”. 

Por último, los dejo con un viejo refrán chino. “El mejor momento para plantar un árbol, fue hace 30 años. El segundo mejor momento, es ahora.”

A título personal: ¿cómo amar a alguien con depresión y ansiedad?

Por mucho tiempo he querido hablar de este tema debido a que en gran medida, los que sufrimos de estos padecimientos, no sentimos que seamos merecedores de amor.

Si de por sí este sentimiento es complejo, el factor que juega tu mentalidad, tu autoestima y tu manera de ver la vida es muy importante y a veces pueden complicar mucho las relaciones personales.

Uno no se da cuenta, pero solito te pones el pie a la hora de tratar de amar a alguien. Y aunque las relaciones son un aprendizaje continuo y todos cometemos errores, creo que los que batallamos con una enfermedad mental somos más propensos a vernos inmersos en la desesperación y la melancolía. 

Aquí voy a hablar desde mi experiencia y perspectiva, porque al final para eso es este blog, para que compartamos lo que cada uno pasa en su día a día al lidiar con estos padecimientos. No soy ninguna experta en decirle a la gente qué hacer, pero ofrezco un consejo desde el fondo de mi corazón partiendo de lo que he aprendido con esta enfermedad.

En mi caso (distimia y trastorno de ansiedad generalizada), a veces es difícil lograr llevar la fiesta en paz con mi mente, lo cual termina saboteando la relación con mi novio.

Nosotros llevamos diez años juntos, mismos entre los cuales yo fui diagnosticada con depresión crónica. Esto quiere decir que durante esos diez años me tuve que ir conociendo a mí misma, conociendo mi enfermedad y aparte tuve que ir conociéndolo a él. Imaginen una bola de nieve que viene detrás de ti pero ni siquiera lo sabías, de pronto te alcanza y se junta con la bola de nieve que tú ya estabas construyendo y de repente te emparejas con alguien que trae su propia bola de nieve y todo se hace un reverendo cagadero.  

Así me sucedió. Antes de saber que tenía distimia y TAG, no comprendía por qué las discusiones que llegábamos a tener me pegaban tanto. Era como si todos mis sentimientos se amplificaran. Cualquier comentario ligeramente crítico hacia mi persona era tomado como una mentada de madre. Incontables veces sentí una ansiedad desbordada por peleas sin sentido que muchas veces yo comenzaba porque creaba escenarios ficticios en mi cabeza.

Parece que estoy loca pero recuerden, para eso estamos aquí. Para aprender que no estamos locos y que nuestros sentimientos son válidos y para revisar y comprender mejor nuestras conductas, trabajarlas en terapia y mejorar nuestra relación con los demás y con nosotros mismos.

En fin, como estaba diciendo, la constante inseguridad que acecha mi mente al sufrir de depresión y ansiedad, generan que cree escenarios falsos en mi cabeza, posibilidades que van más allá de lo imaginado y me obsesione con esa idea hasta el punto en que me genere mucha angustia y preocupación. Discusiones efímeras y pasajeras se tornaban insoportables para mí, pues todo lo tomaba de manera muy personal. La realidad toma un nuevo significado y antes de haber hablado las cosas o de compartir mis angustias con mi pareja, armo una discusión en mi mente y asumo diferentes cosas que simplemente llevan a que la situación empeore.

Entiendo que por lo anterior pareciera que nuestra relación es tormentosa, pero no es así. De hecho tenemos una muy bonita relación, llena de comprensión y respeto. Sin embargo, para llegar a eso tuve que abrirme con mi pareja, contarle sobre mi tratamiento, mi proceso en terapia y las cosas que voy descubriendo sobre mi enfermedad. Afortunadamente cuento con la persona correcta a mi lado, pues en lugar de asustarse decidió aceptar el problema conmigo y caminar este trecho de mi mano.

Eso no elimina los problemas automáticamente, pero es de gran ayuda que alguien simplemente esté ahí. Y eso es lo que quiero que quede claro en este post. 

Para mí, que sufro de ansiedad y depresión, es difícil no dejarme llevar por los pensamientos negativos recurrentes que invaden mi mente. También es difícil no preocuparme de manera abrumadora por el futuro, por la comida de mañana, por una entrevista de trabajo o simplemente por sufrir un ataque de pánico en un escenario donde no me siento cómoda. El llanto al que soy muy propensa también es cansado, no solo para mí sino también para él, pero es una forma de liberar el sentimiento tan agotador que tengo dentro.

En mis momentos de crisis, mi novio siempre se acerca y me toma de la mano, pregunta en voz baja lo que puede hacer para ayudarme y, aunque casi nunca sé qué necesitaría que él hiciera en particular, me reconforta saber que ahí está.

Amar a una persona ansiosa y deprimida puede parecer un reto, un sube y baja de emociones. Y aunque a veces sea así, sobre todo en momentos de crisis, no siempre termina siendo un calvario. 

Yo, como persona depresiva y ansiosa, trabajo en estos baches que genera mi mente en mi relación. Ir a terapia siempre resulta ser el mejor antídoto y cuando me doy cuenta de lo mucho que he mejorado y lo mucho que mi novio lo nota, me siento mucho mejor, porque el trabajo tan grande está dando frutos.

Así que, si te estás preguntando cómo puedes amar de la mejor manera a esa persona depresiva y ansiosa que conoces, sólo puedo darte un consejo: BE THERE. Debes estar presente. 

Lo mejor es sentir el verdadero apoyo, el simple hecho de saber que hay alguien sosteniendo nuestra mano durante un ataque de pánico. Alguien que no nos llama exagerados cuando algo nos angustia. Alguien que no juzga nuestros miedos y nos ayuda a ver la realidad sin ser agresivos. Alguien que nos ayuda a curar nuestro corazón roto demostrándonos que, en efecto, somos merecedores de amor y cosas buenas. Una persona que sea nuestra roca.

Y no le pongo todas mis expectativas a mi persona amada. Yo soy responsable de mi salud mental, yo debo trabajar y atenderme, yo debo responsabilizarme de ella. Sin embargo, una red de apoyo nunca está de más y te provee de las herramientas que tanto buscamos para lograr salir del hoyo depresivo en el que estamos.

La comunicación es fundamental para amar a alguien ansioso. Ser honestos y abiertos para calmar sus pensamientos negativos recurrentes y sus dudas ayuda a darle paz mental. 

Sobre todo, hay que ser pacientes, pues lidiar con trastornos de ansiedad no es nada fácil y tampoco un problema que se solucione de la noche a la mañana aún con terapia y medicamentos encima. Si puedes informarte más sobre la enfermedad de tu pareja y tratar de entender mejor cómo se siente cuando pasa por una crisis, la harás sentir protegida y atendida, de manera que sabrá que no está solo… que ahí ESTÁS tú.